martes, 30 de noviembre de 2010

Clásico 2010

Amaneció gélida la mañana del veintinueve de noviembre, tanto, que a medio día comenzó a nevar. Era lunes, pero a las nueve de la noche jugaban Barcelona y Madrid algo más que un partido. El negocio del futbol con los televisores hacía a muchos ir pensando sitios donde resguardarse del temporal y poder contemplar los noventa minutos a tarifa de cerveza. No era en abierto, ya que solo se dan encuentros de interés nacional. No acompañaban las ganas para salir de casa, es cierto, pero siempre se agradece una excusa para disfrutar de los amigos, y qué pelotas, un clásico es un clásico.   
El equipo culé jugaba en casa. De inicio el técnico Josep Guardiola salía a la ofensiva con Valdes, Alves, Pique, Puyol, Abidal, Busquets, Xavi, Iniesta, Pedro, Messi y Villa. No era la noche para hacer reservas, y el especial José Mourinho lo sabía, por eso salió de cruzada con Casillas, Ramos, Pepe, Carvalho, Marcelo, Xabi Alonso, Ozil, Khedira, Di Maria, Benzema y Cristiano.
En primera instancia, la composición de los dos equipos me recordó al colegio, donde a dedo, uno elige al mejor de la clase, para que seguidamente el otro haga lo propio con el segundo. Pero a poco fui cayendo en que los blaugranas contaban en su alineación con ocho campeones del mundo, a los que sumaban tan solo dos laterales de gran nivel y un tal Lionel Messi del que me reservo un capítulo aparte. El otro bando contaba con tres de esos campeones para el inicio, a los que sumaba un combinado internacional de calidad (ninguno español). A priori, estaba a punto de comenzar el clásico más igualado de la historia.  
Lo malo de las cosas a priori, es que te toque jugar contra el Barça, y que te tenga ganas. Con esto, lo peor para el Madrid, fue que comenzara el partido. Me abstengo por norma de tomar partido en colores, pero lo de ayer no hay quien lo niegue. De las dos filosofías propuestas, solo funcionó una, la de la Massia. El futbol vuelve a girar en torno al balón y a los cinco minutos de partido me prpuse abrir grande los ojos porque ya se intuía, que sería difícil ver a otro equipo jugar así.
El Real lo da todo, muerde en cada acción, corren desbocados, entran, luchan, defienden, pero casi nunca ven el balón bajos sus botas, dice el comentarista con acierto, que persiguen sombras.
Xavi dirige, es el centrocampista total, gobierna en democracia con sus compañeros y empieza la magia. Messi en el seis la pega al palo, aviso de temporal. Llegan los primeros goles en el diez y en el dieciocho de la primera parte. Estos goles le sirven a uno para darse cuenta de que lo que importa en el futbol no es el gol, no es el resultado, no es ni siquiera ganar, lo que importa, al igual que en la vida, es como se hace, la propuesta, la filosofía de hacer de un deporte arte, la ilusión de hacer de la existencia un sueño. Decía Lennon, que la vida es eso que pasa, mientas esperas que pase algo. Ayer, el Fc Barcelona no esperó, y fue eso que pasa los noventa minutos.
Finaliza el primer tiempo. De nuevo lo peor para el equipo de la capital es que tiene que volver a salir al césped a correr detrás de un balón. Lo hacen, y lo ponen todo una vez más. Pero no hay forma, no hay manera, ya es un huracán. En el cuarenta y siete villa avisa que falta él, y justo diez minutos después ya lleva dos goles. Quedan algo más de treinta minutos para el final y el equipo de la ciudad condal está a un gol de convertir el clásico 2010, en historia.
Es en el noventa. Es la moraleja del cuento. Son dos chicos, insultantemente jóvenes, de la cantera, de la casa, del club, de la Massia. Jeffren a pase de Bojan, son los que hacen del partido mito.
Vujadin Boškov dijo que el futbol es futbol, para lo que vimos ayer no hay palabras.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Coma

Pienso. ¿Acaso podría parar de pensar? Sin embargo, no recuerdo, no siento nada, ni oigo, ni huelo, ni veo. Conozco todas esas palabras, pero quizá no tengo claro que significan. Es agradable. Floto en ideas. Es un mar negro con fugaces destellos de colores de los cuales no sé el nombre. Es como dormir despierto. A veces intento guardar mis pensamientos en sus cajas, según mi orden alfabético, pero no puedo o se me olvida. No tengo conciencia, y menos aún tengo boca, pero si la tuviese, creo que sonreiría. Me siento bien, limpio. Los sentimientos, las emociones, la acciones acuden a mi libres de significaos. Aquí, donde me encuentro, no hay nombres propios ¿acaso tuviera yo uno?, ¿qué soy?, ¿quién? No puedo pensarme o puede que si… Un momento. He oído algo. Un susurro. Otra vez… Ahora es más nítido. Entiendo sobre todas una palabra. Coma. No reconozco esa voz.
El recuerdo me interrumpe el pensamiento, es una mujer. Hermosa. También una palabra. Escorpión. Prefiero el primer recuerdo, el segundo me duele, me pone furioso y también triste, y loco y me duele, me hace tan humano.

Recuerdo un coche y un color. Parece negro, no, es más claro. Ella se sienta al lado. La quiero, pero la engaño. Me mira a la cara, luego a la carretera. El fin de la recta. Sé que lo sabe. Me conoce, ¿yo a ella?, si, la conozco. Una lagrima corriendo por su mejilla me advierte que se sabe perdida, equivocada y sin ganas. No soporta mirarme, no quiere, pero me habla, y así callada, sin alma, me susurra…
- Eres el escorpión del cuento. No puedes ser de otra manera.

Después de su voz, el vacío.

domingo, 28 de noviembre de 2010

Un viernes cualquiera

Había oído decir de él, que tenía magia en las manos, que hurgaba en las heridas del cuerpo con los ojos cerrados, emocionado pero sin temblar. Palpaba lento con las palmas, suave con los dedos, quieto con las yemas. Fundía escrupuloso y paciente célula a célula. Su piel se hacía a la piel sintiendo más allá del tacto hasta que el cuerpo ajeno, ya suyo, le mostraba el camino para huir del dolor. Tenía de su lado el conocimiento del que se sabe pequeño, y la sabiduría del que ha decidido en su vida ser aprendiz incluso ejerciendo de maestro.

Había oído decir de él que al laboro asistía sin disfraz, de calle, simple y sosegado, y que nunca vieron mientras trabajaba en su rostro la mala cara que a ratos da el contacto humano. Sus ojos, como cristales de mar, parecían siempre alegremente perdidos mientras en su boca se dibujaba constante la sonrisa de quien se sabe en casa, en su hogar, en su reino.


Viernes. Tan solo unas horas después, ya quizá media tarde, quizá media noche cae a plomo su seguridad. En su casa, fuera ya de su reino, jugaban con él al escondite inglés las ideas. Se sentía especialmente desorientado, incompleto, voraz de algo pero sin saber de que. Se sabía sin opciones, buscando consuelo en algún recuerdo que al menos lo pudiese entretener. No lo encontró. Pasó varios minutos sumados sentado en su crudo sofá, y sin ni siquiera quererlo empezó a viajar por dentro. 

Quizá demasiado cuerdo para tal estado abrió una botella de ron. Se sirvió metódico un vaso corto con dos hielos, una gota de refresco de cola y unas gotas de limón. Durante aquel proceso, aunque fuese por poco tiempo, consiguió descansar de si mismo. El primer trago fue perfecto, de sincero alivio, traía consigo algunos buenos recuerdos y un suspiro del que sabe satisfecha su sed.

Antes del segundo trago, tras el suspiro y entre los buenos recuerdos se despistó. Confiado y apenas sin darse cuenta se fue metiendo demasiado en si y se vio con el corazón y los sueños hipotecados al norte. Sintió la ausencia como nunca, tocado, casi hundido y ahogado busco salvavidas en otros sentimientos. A momentos lo conseguía pero la pulla no dejaba de afligirle. Sabía que con tiempo ese dolor se haría herida, y la herida cicatriz y luego, aunque siempre quedara, sanaría. Pero por mucho que pensara así no podía parar de preguntarse ¿cuando?, ¿acaso es posible dejar de amar lo que se ama? 

Cerca del tercer vaso, cuando anochecía ya, sonó el teléfono, ni siquiera lo miró. Dudó. Se planteó vestir el alma de canalla y salir a la noche a no pensar. Se vio por un momento desatado, quemando uno por uno cada bar. Se pensó en mares de labios a los que poder besar sin besar, de cuerpos sinuosos a los que tocar sin tener que tocar. Pero en ese maldito viernes no le salían las cuentas y el teléfono dejó de sonar.

Al fin, ligeramente ebrio, roto, moribundo de ideas y con lágrimas en los ojos durmió solo…

Como un viernes cualquiera.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Mi última carta de amor

Mi alma quiso batirse a muerte con sus ojos.
Que necia majadera. Aún hoy, le duele la estocada...


El problema de que la mujer que amas te diga que sí a cenar contigo esa misma noche, es pasar la tarde.
En esas andaba yo metido, manchando una hoja tras otra con lamparones artificiales y juegos de chistera. Incluso sin pensar en ella, era capaz de mezclar rosas con estrellas, lunas, amaneceres enrocados con atardeceres, rojos carmines y hasta un pequeño arco iris que coronaba un hermoso estanque de agua dulce con forma de corazón. Incluso sin pensar ella, escribía de amor.
En poco tiempo, me di cuenta que al hacerlo, no sentía nada.

Al verla en el lugar donde nos citamos, entendí que las letras no son como las palabras. A las segundas, hay que ir a buscarlas. Cuando la miré a la cara de verdad por primera vez supe que no las encontraría. Fue ella desde ese momento la que tomo el mando. Mara me llevó caminando al lugar que cambiaría mi vida, un lugar que estaba dentro de mí y que yo no conocía. Siguiendo los estrictos planes de protocolo que me había marcado para esa velada, le abrí la puerta de un pequeño recinto en cuyo alto rezaba un letrero; “Amore Mio”.

Aún recuerdo aquel sitio al que no he podido volver, más que tener, era magia. A ella la saludaron afectuosamente. Después de las presentaciones y algo de buen vino para sonrosar las mejillas, nos guiaron por unas angostas escaleras hacia una planta superior. Una vez arriba, tuve la extraña sensación de haber estado allí, las paredes hicieron muralla en torno a mí, protegiéndome, dándome una seguridad sin sentido que no podía explicar. Arropado por esa sensación especial me envalentoné y elegí la mesa yo mismo. El claro rincón parecía hacerme señales de humo. Ya sentados, repasé aquel lugar brevemente, pues volvió a mí aquella impresión de que lo conocía de toda la vida. A mi derecha, en la pared, reinaba un cuadro de la hermosa Sofía Loren, cuyos labios no me distrajeron en exceso de los labios que gobernaban mi frente.
A la izquierda, reparé en una misteriosa fotografía que mostraba un padre, dos hijos y otros tiempos.

Cogí valor tras algo más de dos copas y media de vino. Me olvidé del loco deseo que mantenía intacto por besarla y le hable de amor. No de cuentos, ni de cartas, ni de mezclar rosas con estrellas. Le hable del amor imposible, del eterno, de aquel que dura tan solo un instante, un roce. De ese, que cuando ya crees que lo tienes, se va y no vuelve nunca. Bebí una copa más. Me atreví entonces a decirla, que si en ese mismo momento, ante mí, se presentase el genio, tres veces le pediría intentar rozarlo con ella. ¿Que más da si lo conseguimos o no?, la pregunte. Olvidaremos pronto si al chocar nuestros labios no sangran. Pero... ¿y si el cuento por una vez fuera realidad?

Me sorprendió darme cuenta de que llevaba toda mi vida, esperando decirle a alguien algo así. Y más importante aún, decírselo de verdad. Sin ningún objetivo, simplemente porque su sola presencia, me ayudaba a encontrar ese lugar donde se escondían mis palabras. Me vi completo porque me miraba con sus ojos. Me vi desnudo porque por primera vez en mi vida, una más uno, ya no sumaban uno.

Entonces lloré.   

Al café, su mano buscó lugar invadiendo la línea imaginaria que separaba su territorio del mío. Solo rozarla, hubiese sido tan pecado como milagro. Agarrarla con mis dos manos y romperle un beso en esos labios con cartel perenne diciendo cómeme, hubiese sido un sueño dentro de un sueño, dentro de un sueño...

Debería haberla besado entonces y sin embargo... Seguí hablándola de amor. Lo hice hasta que salimos de aquel lugar donde ella me había llevado y donde nunca supe regresar. Lo hice mientras volvíamos a casa, mientras nos despedíamos sin beso. Lo hice mientras andaba solo de regreso a ningún lugar.

Lo escribí hoy, al día siguiente, cuando supe de un camión que le había robado la esperanza a mi alma. 

 Como lastre, me queda el saber de que el amor no se escribe...

... Se devora.

viernes, 26 de noviembre de 2010

El Cuarto de las Hadas

Quizá sea cierto
y exista un lugar
donde cada palabra tenga alma,
donde ser, no se atraviese en la garganta
y mirarse en el espejo sea una aventura

Quizá sea Magia
entender que es tan sencillo
como dos labios que al chocar
puedan llegar a decirse
“Nunca te dejaré escapar”

Quizá sea cierto
y exista el cuarto de las hadas
donde el cuento empieza
y vuelve a empezar,
y vuelve a empezar…

Silencio…
Que tus palabras no estropeen
lo que dices con la mirada…

Silencio…
Ora que en el espejo de tus ojos
está El cuarto de las hadas

La fábula de Urco

Urco el enano contenía la respiración mientas acechaba en su improvisado escondite. Sus mofletes, habitualmente gruesos y sonrosados, palidecían ahora. Sin darse cuenta estaba tomando menos aire del necesario para respirar. Sus ojos marrones como el futuro no se movían del sitio desde hace demasiado tiempo y mantenían una lucha desgarradora con sus parpados, a los que habían prohibido el paso. Palpo su jubón para confirmar una vez más que seguía allí, aunque dudaba si sería capaz de reunir el suficiente valor para hacerlo. Los rayos del sol le dieron una pista, sabía que el momento estaba cerca. Empezándolo a incordiar de forma considerable, su estomago aprovecho ese instante para cobrar más vida de la recomendable para un estomago. Se le hacía eterna la insistencia del hormigueo que le recorría tantas veces lenta como tantas rápido, pero siempre sin orden, de costado a costado, de pies a cabeza. Se dijo, que debía de ser así como se mueven las mariposas cuando se ven enjauladas. Él, en eso, muy a su pesarse había convertido en experto.
   La espera tuvo su recompensa y el hada se dejó ver. Como cada día, salía sobre esa hora en busca de una nueva flor. Urco se hizo hielo cuando la vio. Si estremecerse alguna vez busco significado, lo encontró en ese momento en él. Sus manos se tornaron rígidas, las mariposas enloquecieron realizando a la vez todas las rutas anteriores a una velocidad de vértigo y sus ojos ganaron por KO la batalla contra los parpados. Su barbilampiño rostro era el espejo de la admiración. Pensó entre nubes, sin temor a equivocarse, que aquel ser era lo más bello que había pisado la tierra.
   Mara ajena al terremoto de emociones que ocasionaba al mediano, acomodo sus alas disponiéndolas de tal manera que no le estorbasen para caminar. Sus excelsos ojos negros escrutaron los alrededores pausadamente, disfrutando de lo que miraban. Corría algo más que una agradable brisa. Con sus dos manos atajó su ambarino pelo que caía liso y desordenado sobre su espalda. Con delicadeza, lo dispuso todo a un lado, naciendo del cuello lo hizo descansar delante de su hombro derecho mientras lo acariciaba. Hace unos días había avistado un lugar plagado de liliums. Su pasión por las flores, solo era superada por su pasión por la vida. Sin más dilación, se encamino hacia aquel lugar.
   Urco la vio alejarse. Paralizado hasta que desapareció. ¿Un enano con un hada? ¿Cómo se le habría ocurrido semejante tontería? Se levanto de su escondrijo enfadado consigo mismo, saco la piedra donde la noche anterior había grabado su mensaje y la levanto con las dos manos. No pudo tirarla. Podría ser absurdo, pero le gustaba todo de ella. Su fina nariz reinada por unos ojos enormes que parecían devorar cuanto miraban, su piel clara, tersa, sus manos, sus rodillas, su vestido escaso de tela color vino, sus pies descalzo. Le gustaba todo de ella, como nunca nada le había gustado. Especialmente, aquel antojo de fresa que fundó hogar en sus labios. Fuera por valor, locura o simplemente por el agotamiento producido por tanto pensamiento, el caso es que el enano se acercó hasta la puerta velozmente y allí dejó su nota.


La leyó por última vez;
“Aunque todo el averno
se me echara encima,
a una voz estoy,
solo una, e iré a ti.”

   Mara recogió a su vuelta el objeto del suelo, cuando sus ojos dieron con las letras, leyó. Le impresiono la belleza de la piedra, lo delicado de la talladura y la translúcida sinceridad que se podía percibir en aquellas palabras. Eran palabras mágicas, pues habían sido escritas con el corazón. Buscó con la mirada en sus alrededores una pista de tan misterioso suceso, pero nada encontró. Sonrío marcando la mancha de sus labios y se metió dentro de su hogar. Conquistar el corazón de un hada, no era cosa fácil. Nada paso durante tiempo, hasta que una mano delicada y clara dejó en la entrada algo así como una gran hoja envolviendo una flor de color azul. A punto estuvo Urco de caer en la trampa. Cuando ya se disponía a ir para recoger aquello, fuera lo que fuese, pudo ver de refilón la cabeza vigilante del hada por una de las oquedades que hacían de ventana. Comprendió, de forma inmediata, que Mara pretendía precisamente conocer su identidad. No se atrevió. Debido al cansancio por la acumulación de emociones, decidió que no le quedaban más fuerzas para otra cosa que no fuera esperar. Y así fue. Primero pasaron segundos, que lentamente se fueron convirtiendo en minutos, que más lentamente aún se hicieron horas. La noche vino en guerra con el mal tiempo de su lado para vencer al día, y con ella, en un cielo sin estrellas, el sueño se hizo con la vigilia de Mara. Urco recogió con presteza los objetos que habían sido depositados en la entrada. Una vez en su ya familiar escondite los examinó. La flor era un liliums de color azul especialmente curioso. Escrutó la hoja, pero no conocía a que árbol o planta podía pertenecer. Realizando un estudio más minucioso descubrió que en ella había unas inscripciones en letra grácil y dorada. Hubiese podido jurar, pese a ser la primera vez que veía algo así, que aquello era polvo de hada, posiblemente mezclado con algún ungüento para ser utilizado como tinta. Leyó:
“Dicen que existe, en angosto lugar,
el corazón de un Hada en forma de flor…
Quizá quien tenga primero el brote
tal vez tenga luego la dama…”



   La idea de Mara no era que realmente fuese a por aquella flor. Sabía que pedir algo así, debido a los custodios, era poco menos que sentenciar a muerte. Su objetivo era tan solo conocer la identidad del que imaginaba su apuesto admirador. Entendía que en el juego universal del amor, son muchas las veces en que se contrarrestan tales retos con palabras y no con hechos. ¿Quién no murió ya por otro, siguiendo vivo?
   No hubiese venido mal esta información a Urco, quien ya había iniciado el viaje en busca de aquel tesoro esa misma madrugada. La Zantedeschia elliottiana eterenina, más conocida como Cala Eterna o Corazón de Hada era la flor a la que ella se refería. De oídas era conocedor del paradero de una de ellas. A dos lunas de allí se encontraba La Grieta del Dragón Blanco, precisamente llamada así por alojar en su interior como no podía ser de otra manera un dragón blanco. Dicen que enanos y dragones siempre han sido buenos compañeros, pero este no era el caso. Perseguidos, asesinados y saqueados de sus tesoros que no eran otra cosa que grandes camas de oro, los dragones se habían replegado y vuelto desconfiados. Perdiendo así contacto con el resto de las razas. El joven, por tanto, no había conocido a ninguno en su vida, y mantenía la secreta esperanza de no hacerlo en esta ocasión.  
   Llegó a la grieta. Como por arte de magia se abría del granito una impresionante abertura de unos quince metros de altura por unos siete u ocho de ancho. La vegetación, compuesta básicamente de helechos y especialmente de musgo, se concentraba en lo alto de las paredes y en partes localizadas a lo largo de toda la brecha. El paraje no parecía aterrador, sino todo lo contrario. Aún así, el enano llevo una de sus manos a la espalda en busca de su martillo. No lo cogió, pues como había previsto, la oscuridad dentro de la cueva era total y dado que una de las manos iba a ser usada para llevar una pequeña lámpara de aceite prefería disponer de libertad en la otra. A solo un paso en el interior todo cambió. La majestuosidad del paisaje se convertía ora en tenebrosa. Se convenció de que tenía más que perder si no entraba para dar el segundo paso. El tercero y el cuarto vinieron algo más decididos y una vez que supo que no había vuelta atrás empezó a recuperar sus sentidos. Más allá de la oscuridad, era especialmente desagradable la humedad, que parecía crecer cuanto más se adentraba al interior. La Cala debería encontrarse sobre el centro de la oquedad. Había oído decir que el brote reinaba una gran estancia. El lugar, estaba coronado a su vez por una cúpula natural que dejaba pasar un hilo de luz, en ciertas horas del día coincidente con la flor. Un ruido lo detuvo. Por encima de su cabeza sintió como si algo lo hubiese adelantado. Aguantó la respiración intentando agudizar el oído pero solo se oía aire. Aunque asustado, decidió seguir adelante. Había empezado a ver al fondo un pequeño atisbo de claridad, quizá fuera la cúpula. Del dragón no había ni rastro.
   La sala del Corazón del Hada estaba cerca. Con claridad veía ahora el hilo de luz que desafiaba a las legiones de oscuridad que componían el sitio. Una idea le vino a la cabeza infundiéndole terror. Pensó en todo lo que había oído sobre esa grieta y cayó en la cuenta de que absolutamente nadie había realizado ningún tipo de descripción sobre la flor. Los detalles llegaban precisamente hasta el punto donde se encontraba. Posiblemente todo aquel que había sobrevivido a este lugar lo había hecho dando media vuelta justo donde él estaba en ese momento. Aprovechando el silencio de su parada cruzó detrás de él una criatura, casi al instante, otra cruzaba por delante. No le dio tiempo a verlas, eran como grandes lagartos blanquecinos. Esta vez, le costó convencerse de que tenía más que perder si no se daba la vuelta. Avanzó entonces, y a escasos metros encontró la sala y al fondo lo que buscaba. Sus ojos fueron de nuevo espejo de la admiración.
   Acompañada por unas hojas ovaladas oscuras, la flor por si sola tenía una belleza inenarrable. El spathe blanco era ribeteado en sus bordes por un hilo de plata. De su centro, ligeramente ahuecado, nacía el spadix, amarillo y brillante. El conjunto era armonioso y realmente elegante. Si los diamantes tuviesen corazón, de seguro que sería así.
-           ¿QUÉ HACES AQUÍ?
     El hechizo a que estaba sometido fue roto. Urco se dio la vuelta al oír aquella poderosa voz que venía de sus espaldas. A su vista surgieron primero dos puntos amarillos para convertirse después en dos grandes ojos, tan solo aperitivo del más colosal de los dragones blancos conocido por cualquier ser.
   Con una lentitud exasperante, la oscuridad iba dejando paso a la fisonomía del dragón que avanzaba pausado, pero decidido hacía él. La criatura apoyada en sus cuatro patas provistas de garras arrastraba una cola larga y sinuosa. Casi brillaban sus escamas de blanco puro.
   En su hocico de reptil, coronado por dos pequeños cuernos ennegrecidos, nacía la línea negra que poco definida llegaba hasta su quilla. De no haberle dado tanto miedo, Urco hubiera tenido claro que estaba frente a un ejemplar único en cuanto a hermosura. El draco se colocó frente a él, contuvo su aliento de fuego y volvió a preguntar:
-           ¿QUÉ HACES AQUÍ?
   Urco no supo que decir. ¿Qué le dice uno a un dragón que te acaba de coger metido en su caverna?
-           QUERÍAS ROBAR ORO… ¿VERDAD?
-           N…o, no – acertó a decir–
-           Entonces –susurró el dragón–,  ¿QUÉ HACES AQUÍ?
   El enano bajo su mirada hasta el suelo comprendiendo que estaba atrapado. Tenía miedo, y éste le bloqueaba cualquier atisbo de ingenio que pudiese mantener. En un gesto de desesperación, deslizó sus manos distraídamente en busca de su martillo. Llegar a tocarlo le hubiese costado la vida. Viéndose ya devorado se le ocurrió una idea absurda. Contestar sinceramente a la pegunta que le había hecho el dragón. Entonces, todo lo que yo os he contado, tal y como os lo he relatado, fue explicado al Dragón que resultó llamarse Lung.

   Lung se conmovió hasta el punto máximo en que los dragones pueden llegar a conmoverse. Esto no era mucho después de todas las cacerías y persecuciones que habían sufrido durante los últimos tiempos, pero al menos, había decidido no matar al enano de momento. Al fin y al cabo, los dragones también tienen familia, y especialmente corazón.  Dado que Lung no podía dar así por así, parte de su tesoro, tras un periodo corto de negociación, dispuso un acuerdo justo con el enano. Urco debería responder acertadamente un acertijo. Si lo hacía, podría llevarse la flor y su vida. Si no acertaba, no se llevaría ninguna de las dos cosas. El mágico animal, formuló la cuestión:
-           HAY QUIEN PUEDE REGALARLO,
HAY QUIEN PUEDE OLVIDARLO,
HAY, INCLUSO, QUIEN LO VENDE,
HAY QUIEN PREFIERE ESCONDERLO.
PUEDES LLEGAR A QUERERLO,
PUEDES LLEGAR HASTA ODIARLO,
PERO NUNCA LOGRARÁS,
POR MÁS QUE QUIERAS, ROBARLO.
   Urco regresó con la flor.
   Lo más pronto que pudo, la depositó en la puerta de Mara y corrió a observar en su lugar secreto. Esperó. De nuevo pasaron segundos, que lentamente se fueron convirtiendo en minutos, que más lentamente aún se hicieron horas.
   El hada llegó cuando anochecía. Casi no podía creer lo que veía. La Cala Eterna en su puerta, tal y como pedía su nota. Intacta y apresada en la tierra de la cueva la esperaba. Apresuradamente pero con mucha delicadeza tomó la flor y se metió dentro de su refugio. Vencido el día una vez más, una mano clara y delicada dejó una nueva nota en el mismo lugar.
   Pero el enano a pesar de haberse enfrentado a un dragón, tuvo miedo de ser descubierto, esperó una vez más, y maltratado por el cansancio, se durmió.
   Nadie sabe si por azar o por vil presteza se presentó a las puertas de Mara un cazador de esa raza horrible a las que las gentes de buen propósito llaman humanos. Habituales del engaño, no dudó en suplantar el logro del enano y tomar el corazón del hada como propio. Antes de que él hubiese despertado, ambos se habían ido.

   Urco, hundido y sin corazón volvió una vez más a la guarida del dragón, le buscó y le habló:
-           Te equivocaste, Lung.
-           ¿CÓMO?
-           Tu acertijo, debiste haberme devorado.
-           DISTE LA RESPUESTA CORRECTA, YO SIEMPRE CUMPLO MI PALABRA
-           No lo hice. El amor si puede robarse.

   El draco no solo no devoró al mediano, si no que lo acogió, y dedicó todos sus esfuerzos a aliviar su tristeza. Dice la leyenda que desde entonces, los enanos y los dragones volvieron a ser razas amigas como lo habían sido antes, y juntas, fueron las primeras en dejar la tierra de los hombres.

Canción para olvidar

Borré tantas cosas de ti
que pronto serás recuerdo,
bruma, cortina de humo,
del corazón un entierro…
Del primer día que te vi
ya no me queda ni belleza,
mala apuesta la que cambia
tantos besos por tristeza
y se parte el alma…
y se parte el alma…

De donde construí hogar
solo queda la dirección,
ya no podrás ser más canción
te quedaste en lo probable,
en inicio, en un tal vez…
Me negocio sin reproche
cuando me viene tu olor,
a mil palabras por noche
uno siempre corre el riesgo
de que se parta el corazón…
de que se parta el corazón…

C´est fini, no va a más
de las veces que mentías
me quedo con los besos
que aun no me debías:
En portada la noticia,
de que no volverás,
se acabaron los días
que parten el alma,
y el corazón…

Hoy que no estás,
doy calor al invierno,
un “Sin ti”, ya no es infierno
Y vuelvo a saber empezar;
busco hueco en el armario
de este loco sin loca.
Hoy olvidé el calvario
de vivir sin tu boca
volviendo a besar.

Y otra vez…
Nace el alma…
Y el corazón…

Nace el alma…
Y el corazón…



jueves, 25 de noviembre de 2010

Peter sin pan

Dicen los cuerdos de los cuentos que son utopías, que no existen, que en el mundo de los humanos cuando llega la hora de las perdices, siempre se queda Peter sin pan.

Hace no mucho, esos mismos, vinieron a buscarme. A su favor, esgrimían pruebas demoledoras en las que demostraban que Cenicienta no fue princesa y se quedo en fregona. Mostraban un contracto en prácticas, donde la bailarina de papel, del soldado de plomo, cobraba a cuatro duros la hora de can-can. Pinocho era Cirano, pero se quedó sin Bergerac cuando le ganaron la partida los engaños. De los siete enanitos quedan solo cuatro, todos  ingresados en un reformatorio mental. Bella era Jose Luís en el carné de identidad y un triste papel anexo decía que un final de mentira, cuando es bueno, vale tanto como uno de verdad.

Hablamos sin llegar a conversar. Escuché entonces.

Como mandamientos, enumeraron juicio tras razón. Acompañaban sus palabras con la que decían ser la mayor de las ciencias. Me arrasaron, me dolieron, me vencieron. Los ojos heridos de lágrimas se fueron a mis presentes, a mis pasados, y fue en ese justo momento, cuando me vino el vendaval. Parecía cierto ya, que siempre gana el que más tiene, que Rumpelstikin puede de una vez destrozar el Cuarto de las Hadas, que se paga caro el beso por despertarla, que la rana por mucho que se bese siempre es rana, que viene la lámpara mágica con el culo tatuado de Made in Taiwán, que el flautista se paso con las pastillas muriendo joven en Hamelin, que la chica se queda siempre con el bellaco, que tres deseos para quien no tiene nada es demasiado, que las judías son judías, que la liebre siempre gana por mucho que la tortuga se empeñe, que lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

Tantas veces me dijeron que para vivir, merece más la pena no arriesgar que casi llegue a creerlos.

Sin embargo… A un solo paso de guardar las letras y dedicarme a respirar, comer, pagar facturas y besar con el alma de vacaciones mientas ando con pantuflas en los pies, levanté la cabeza. Apreté los dientes con la rabia de quien casi pierde lo único que no se puede perder. Aún tenía alma.

Grité. Me negué. Me niego. Me negaré siempre.

Asumiendo el riesgo que me tachen de tardo, sigo en mi número trece,  me niego a contar mis cuentos al revés, a no ver con los ojos de un niño, a no pisar los charcos, a no meterme de lleno en el epicentro del terremoto, a cambiar esa forma de existir que solo parece ya tener sentido en los cuentos.

Por cada mil veces que me llamen utópico…

Mil nombro un cuento,
mil, una leyenda
y tan solo una,
mi diario cajón
donde guardar
los mil besos
que aun debo. 

Cuestión de ser, les dije, y si estoy a favor de algo, lo estoy de los cuentos…

Lo estoy de los imposibles.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

De lunes a viernes

Unos años después de comer perdices Roberto se miraba en el espejo cuadrado del recibidor de su casa sin encontrarse. Su cara le parecía la misma de siempre, aunque el paso de los años se veía levemente comparando aquella imagen con el retrato de bodas que posaba en el mueble de la entrada. En esencia estaba ahí; su cara rechoncha y poca agraciada, sus ojeras fracasadamente resucitadas por cremas y ungüentos, su boca de hilo y de media sonrisa, su pequeña cicatriz. Sin embargo por más que se buscaba, y lo hacía con ahínco, su rostro le parecía otro rostro.
Solo aguantó unos segundos su anodina mirada. Tiempo suficiente como para ver a sus labios acompañar en silencio a sus pensamientos:

-          ¿Dónde estas?


Se esforzó con éxito en olvidar aquella estúpida pregunta que se hacía más o menos siempre en el espejo cuadrado del recibidor de su casa. Con mayor frecuencia de lunes a viernes, tiempo en el que solía estar más sobrio de lo que quisiera. Eran ya poco más de las tres de la tarde. Su casa estaba malditamente ordenada, escrupulosamente limpia y olía inequívocamente a incienso de canela. Dirigió sus pasos a la cocina, en la encimera corta y estrecha de color azulado tenía preparada la comida. La calentó en el microondas, la puso en una bandeja con un generoso vaso de vino, algo de pan y la llevó como hacía todos los días, de lunes a viernes, a la mesa abatible del salón. Encendió la televisión, la vio sin verla, se alimentó sin saborear, bebió sin soñar y no volvió a pensar durante la comida. Veinte minutos después de haber ingerido el plato de alubias con manos de cerdo quedó dormido. No soñó.

Ella llegó puntual a eso de las ocho. Lo despertó el ruido de sus tacones al subir las escaleras de la entrada y el estruendo que hacen las puertas cuando se cierran sin mimo. La miró sentado, como sin saber muy bien que hacer, ni que decir. Su pelo no se movía, quizá por el exceso de la mano con la laca. No sonreía, no estaba feliz, ni estaba triste. Fue ella quien tomó la iniciativa.

-          Hola…
-          Hola.
-          ¿Qué tal el trabajo?
-          Bien.

Parece ser que a Elena aquella conversación le bastó. Le besó en una mejilla, más por costumbre que por querencia y comenzó con su monologo sin pausa de un día más en la oficina, de la última de su jefe y ese demonio de pechos operados que traían loco al pobre Juan, de la llamada a su madre que quedó en comida para el próximo domingo, del atasco, del asco que le daba aquel tedioso programa del corazón que no quitó, de la penúltima película de no sé quién director finlandés recién famoso por no sé quién agraciada modelo de también pechos operados. Él la escuchó sin prestarle atención, pero no habló. Se limitó tan solo a asentir cuando era estrictamente necesario.  



Al rato comieron de nuevo en la mesa baja del salón con la televisión encendida y un nuevo programa calco del anterior. Salchichas, patatas, él dos huevos, ella uno. No hablaron prácticamente, ella estaba cansada. El no encontraba de que hablar. Dijo que también estaba cansado. Mintió.  

Se acostaron pronto, y como siempre, de lunes a viernes, ella no tardó en dormirse. Roberto se quedó en su lado izquierdo de la cama sin sueño, miró detenidamente los ojos cerrados de Elena y su mente empezó a hablar lo que él no se atrevió.

Tan fácil como respirar, vivir así. Te quiero cuando faltas, y no te hablo cuando vuelves. ¿Amo la idea que tengo de ti, de lo que fuiste, de lo que sueño que eres?
Que curioso bicho el amor, más que ver con ausencia que con presencia.

La mejor parte del día es aquella en la que te echo de menos, nunca la que estas.

Roberto pensó para sí. Si esto fuese un cuento, ¿Cómo le buscaría alguien un final feliz? Supongo que al menos tendría una moraleja, o algo. Quizá si alguien estimara en poco su tiempo y escribiese de mí, tendría al menos el gusto de no ser sincero. Lo que es seguro es que si esto fuese un cuento, jamás se titularía, de lunes a viernes.

martes, 23 de noviembre de 2010

Edades de Papel (a Javier Ruibal)

Delante, hay un papel.
Uno solo. Insultantemente blanco. Vacío, espera.
Y entonces… Sucede.
La pluma cargada hasta el borde de negra tinta pierde altura, se acerca, lentamente y susurra su primer garabato. Es hora de buscar caminos, renglones. De juntar decisiones, comas, fraudes, puntos, victorias, pausas, besos, lo susurrado entre comillas, secretos, aliteraciones, cuerpos, metáforas. Es el sonido incierto de la pistola de salida, el principio para ganar el primer párrafo, para nacer.
Ha sido niño, dicen las letras.

Unos pocos garabatos, pañales en lugar de pantalones. Ahora todo vale, uno y uno suman tres, a duro el palote, bombones y canciones de cuna. A kilo en lugar de por gramos las sonrisas y no poner tilde en las esdrujulas. La cara sucia, mejor los churretones de chocolate, costras en las heridas de las rodillas, treinta minutos seguidos para imaginar un barco de piratas en la orilla de nuestra presa de barro. Un ojo abierto, otro cerrado para la noche en que los reyes aún son magos. Canciones, turrones, vaqueros y bandidos. Ilusiones… más de mil. La cerveza como orín. Y ver todo, ¿y por qué?, y ¿para qué?, y ¿Cómo?, y ¿Cuándo, y ¿de dónde vienen…?. Un gigantesco interrogante y treinta minutos más para buscar en las nubes la forma de una nave espacial.
Es el segundo párrafo, la sonrisa eterna y la mirada expectante.
Es la niñez.

Este, tan antiestético, tan absurdo, tan cuerdo saber porqué, tan frío, tan burdo, y tan abultado exceso de comas, no es más que el empiece del acné.
Se acabaron las preguntas, ahora toca no entender las respuestas. Ninguna respuesta.
La disconformidad como norma. Es hora de empezar a ser de todos los ombligos posibles, el ombligo del mundo. De tener verdad absoluta en cada frase de nuestra boca. Y a las segundas vueltas, llegan las primeras bofetadas, y por primera vez, por mucho que se intente, no sale para el soneto la última palabra.
Sentir, empezar a escribir allí donde los besos dejan moratones en nuestro diccionario. Llorar leyendo el dietario de quien aprende por primera vez que lo quiso ser no se parece tanto a lo que se es.
La tercera parte es una locura de vaivenes, sin hogar y sin camino. Un viernes que no parece acabar nunca.
Es la juventud.

La pluma empieza a llevarse a malas con el papel. Escribe a regañadientes las palabras, se dice, ¿quizá sea esta la última?... quizá también la única. Sofocantes las ideas asfixian el alma, que ahora es libre. Recuerdan las arrugas de las yemas de sus dedos las caricias, ahora que sabe que aún le queda por aprender. Ya no cuenta el tiempo por horas, si no por segundos, aunque ahora uno sabe esperar.
Sin embargo, esta última parte es la duda de saber cuántas letras hay desperdiciadas en esta hoja. Cuantos besos, cuantas copas, cuantos te quiero se quedaron en el camino por perder el tiempo con un lápiz y un papel, por no saber aprender a decir te necesito.
Es la sensatez.

Y ora, cuando nada esperaba tras el anterior punto y aparte, va y se hace camino un huracán con nombre de mujer, de canción, de paseo por Saturno, de cualquier cosa que recuerde que tuvimos alma. Las palabras toman vida por si solas y parece infinitas las edades de papel. Ahora son las tres juntas. La ilusión de la niñez, con las dudas de cada una de las preguntas que fundan hogar en la juventud, con el saber certero que te roba las ganas de tirar la toalla en la madurez. Es ahora cuando te enfrentas con ganas al diario, sin hurtadillas te guardas la sonrisa en el bolsillo, te piensas menos los futuros, y de todos los seres posibles sabes quién eres. Justo en el preciso momento, cuando sabes a dónde vas aunque te quedarás años atrás sin timonel.
Esta es mi edad, esta es la edad de Ruibal. 

lunes, 22 de noviembre de 2010

Presentación - Un ser humano

He vivido algo más de cuatrocientos meses. Quizá tiempo suficiente como para darme cuenta que jamás vi nada tan aborrecible y a la vez tan admirable como el ser humano.
Sea con mis ojos, con mis oídos o incluso con ese sentido para el cual todavía no se ha encontrado palabra, he visto de ellos lo más alto y lo más bajo. He oído de sus bocas te quiero, te odio, te amo, te mato. He olido el sudor de sus manos dando palmas a composiciones imposibles y la pólvora del gatillo de quien no encontró en el diccionario definición a su ignorancia. He saboreado el plato humilde de quien te da lo mejor que tiene y el veneno de quien esconde en la nevera el alma. He sentido su espada, su caricia, su venganza, su calor, su codicia, su valor, su risa sin prisas para irse y hasta sus lágrimas por no poder quedarse.
Con todo esto, solo me atrevo afirmar que me sé humano. Aprendido queda con matrícula la asignatura de no creerse el ombligo del mundo, y que aquí, lo que queda, lo que soy, lo que puedo ofrecer, es un puñado de letras para que en su cabeza escriba quien lea.
De humano a humano, gracias por leerme.