viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz Año


En poco más de un mes La Zalema ha superado las mil visitas. Puede que algunos lo consideren poco, otros no tanto, y dependiendo de quién, con qué o como se nos compare puede que hasta mucho.
El caso es que para nosotros, es un orgullo.
Les deseamos un feliz año y les esperamos a partir del 3 de enero.
Bienvenidos a su casa. 

Brindis del Autor para los lectores:
Un año, al fin y al cabo es solo una forma de contar el tiempo. Se me ocurren millones de formas de trocear los días (algunas mejores que otras).  Pero al fin y al cabo, un año, es nuestra forma de medirnos, de poner un imaginario punto final y de darnos la oportunidad de volver a retarnos.
Sería imposible nombrar a todos aquellos que nos dieron motivos para levantarnos en el diario, por eso os invito a olvidar nuestros nombres, dejémonos llevar, levantemos la copa llena hasta los bordes y brindemos...
“Pudimos con el 2010, que tiemble el 2011”
"

jueves, 30 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 6

Te pido…
Que no me muevas más
esos labios de muñeca,
que no me vuelvas
a hacer esa mueca.

Te pido…
que no me quedes
clavada tan cerca,
que el destino
no me aleje de ti.

Te pido…
que no me pidas
abrir tu puerta
pues ya me has roto
la manera de existir.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Eusebio - Capitulo II - La caja de música

Werner Fischer pensó que ya que no podría cumplir la promesa que le hizo a su hija. Su viejo amigo, el Doctor Heinz, había sido muy claro. La pequeña Verena, no pasaría esa noche.
Nevaba aquel veintinueve de diciembre de mil ochocientos noventa y seis. El aderezo de pino silvestre llameante calentaba los cuerpos de los dos hombres, que a los pies de la cama de la pequeña se miraban. El gesto de negación, con la marca del dolor inequivocable, de quien aprende que el destino no está en sus manos, no era disimulable. Los síntomas eran definitivos. La fiebre alta, las erupciones por todo el cuerpo, esa extrema postración y lo peor, aquellos delirios y miradas perdidas. Era Tifus.
Werner, pidió a su amigo que lo dejara solo, era la hora de despedirse. Marchó al despacho y recogió la caja de música que cien años antes el relojero Fabre, había inventado. La primera caja de música. El cilindro de clavijas  estaba averiado. Había prometido a su pequeña arreglarlo para su cumpleaños. La pequeña soñaba con escuchar que melodía escondía aquel mágico objeto.
Trabajó toda la noche al lado de su hija. No hubo, ni sueño, ni cansancio. Quien fue padre sabe lo que es el amor incondicional. Lo consiguió, estaba arreglada cuando descubrió entonces una inscripción en la que se leía; La magia de verdad, es eterna.
Su hija, recuperó la lucidez por un momento. Lo miró, luego a la caja, después de nuevo a sus ojos. Le vinieron entonces tantas emociones y sentimientos que no pudo más que llorar. Se tumbó junto a ella, la abrazó, le cogió la mano, y juntos abrieron la caja. Juntos escucharon la melodía más bella que jamás nadie hubo imaginado.
A la mañana siguiente cuando el doctor y el sequito fúnebre entraron en la habitación, se llevaron una gran sorpresa. Werner Fischer y Verena Fischer habían desaparecido. En su lugar, descansando sobre la cama, encontraron una pequeña caja de música que no emitía sonido alguno.

martes, 28 de diciembre de 2010

Eusebio – Capitulo I - Santos Inocentes

Por muy fuerte que caiga, hay cosas que la lluvia no se lleva nunca. Eusebio lo sabía, por eso, aquella mañana de martes, veintiocho de diciembre de dos mil diez se había levantado con el mismo mal humor de siempre. La aguja pequeña del reloj aún no había llegado a las nueve de la mañana, pero más de cuarenta años trabajados a la espalda dejan secuelas. Una de ellas, era madrugar en exceso cuando nada se tenía que hacer.
La temperatura de la casa era estable. Las ascuas de la chimenea aún resistían desde la noche anterior al frío que se adivinaba desde la ventana. Aún no había salido el sol, pero la luna parecía ya cansada de reinar, en fase menguante iba dejando a poco pasar la luz que en breve despertaría el ansia de la cuidad.
Su espinazo fue el primero en quejarse. Le recordó con todo el rencor que puede asumir una espalda todos aquellos años en que anduvo mal posicionada en una triste silla de oficina. Encendió más por costumbre que por gusto la máquina que se había regalado por Navidad y metió una capsula de café Roma. Las notas ligeramente tostadas y con cierto gusto a madera eran quizá más propias del final de una comida, pero la virtud de la madurez es hacer propio lo inapropiado.
Siguió su rutina matinal. Taza en mano se dirigió a su pequeño salón, encendió el equipo de alta definición, y mientras sonaba When we dance se relajó en su sofá de una sola plaza. Sorbió lentamente su café, cerró los ojos, y le pudo el recuerdo. Como si le hubiera estado esperando, escondido en cualquier lugar, le sorprendió. Una mañana más. El rostro de Ana se dibujo en su memoria, y pese a que el tiempo ya le hubiera robado más de veinte años como bien le aseguraba el espejo, la pintó a todo color, con todos aquellos detalles que solo recuerdan aquellos que en sus presentes, no tienen más que pasados.   Una lagrima, como cada mañana, volvió a recorrerle la cara. Aquella gota salada y diaria surcando sus mejillas era lo más parecido a una caricia que podía recordar.
Un timbre violento y generoso rompió el maleficio auto impuesto. Tengo que cambiar este maldito tono,  pensó. Abrió la puerta, muy extrañado, ya que esa mañana no esperaba visita. Realmente, nunca esperaba a nadie. Precisamente, fue eso lo que encontró, nada. La secuencia se repitió varias veces, hasta que al final cayó en la cuenta. Era el maldito día de los santos inocentes. Es cierto que Eusebio no atesoraba dentro de sus cualidades una donosura excesiva. Pero, la verdad, ¿a quién no lo parece descomunalmente retorcido conmemorar la matanza de todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, a base de chanzas?
Sonó una vez más. Con el grado siguiente al enojo dirigió sus pasos a la puerta. Abrió con ferocidad, y regaló su verbo a las palabras más zafias que cincuentaicinco años de existencia habían dejado en su extenso vocabulario. No pudo usarlas.
Sorprendentemente esta vez sí se encontró con algo. 
A sus pies, descansaba como si siempre hubiera estado allí, una caja de cartón.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Ruptura

Es tan cierto que uno cae, como lo es que por naturaleza no quiere seguir en el suelo.

Lo sé, porque como tú, yo también he caído.

Sé del complot de las emisoras cuando ponen precisamente al encender la radio aquella canción que tú nunca pondrías, sé que ahora las noticias hablan de tasas y medias del divorcio en España, sé que los labios contrajeron una hipoteca con el dolor que hoy no pueden pagar, sé que la risa se esfumó, y la carcajada es una utopía, sé que detrás de la primera lagrima vendrá el vendaval cada uno de los días que la memoria se ponga conmigo a jugar, sé que me tiemblan las manos, que se me quiebra la voz cuando intento gritar, sé que el alma ha menguado para instalarse de nudo en la garganta, sé que me tengo que reinventar, sé que no debiera preguntarme más por lo que fue, por lo que pudo haber sido, sé que cuando miro al vacío realmente miro en mi interior, sé que aunque agarro la mano del amigo que me ayuda a ponerme en pie de nuevo estoy loco por dejarme caer, sé que una parte de mí murió aquel día que descubrí que en lugar de sueños vivía pesadillas, sé que a veces llena tanto la rabia que no se puede comer, sé que hoy la luna es tan solo una mancha en el cielo, sé que me costará esta noche decidir el lado de la cama donde dormir, sé que aunque no quiera volveré a caer en esa primera lagrima, en los ojos encendidos, en las manos temblando, sé que me costará mucho valor el tan solo querer acercarme a otros labios…

De verdad que sé todas estas cosas, por eso, cada minuto, cada sesenta segundos me recuerdo que he decidido estar bien. Y a veces funciona, a veces duermo bien, incluso sueño, a veces me ilusiono, a veces me miro al espejo y me siento orgulloso, a veces quiero que me den mano cuando repartan de nuevo las cartas.

Es entonces cuando merece la pena cambiar el engaño por el talento, y decirse que una ruptura es el principio y no el final.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Feliz Navidad

La Zalema descansa hasta el lunes 27 de Diciembre y le desea una Feliz Navidad.

Gracias a todos por compartir un rato en nuestro lugar secreto.

jueves, 23 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 5

Versos por ti
sin besos de ti,
porque no
y porque si,
por lo que creo
y por la fe,
por tenerte
desde lejos
y por dejarme ser…

Versos de ti
que surgen de mí
sin perdón
simplemente porque si,
por lo cierto
y lo que sé,
por no perderte
en el espejo
y poderme ver…

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Felicidad

Sentados a seis, salió aquella palabra para la que valen casi todos los trajes. Felicidad.
Era media tarde, y en nuestro recuerdo  aún reposaba el agradable aroma de la mejor de las cocinas, ese que deja en el paladar un inconfundible sabor a hogar. Recién terminamos el postre, decidimos por votación popular regar un poco el alma con Maria Brizard teñido de ron. De vez en cuando, no viene de más darle rienda suelta a las palabras para que hagan su trabajo.
Felicidad es posiblemente de las palabras que conozco la única que no tiene sinónimos. Se le acerca Bienestar, pero le falta garra. Prosperidad me sabe a comercio, a truco o trato, a economía. Placidez me duerme. Ventura a suerte más que a determinación. Alegría a momento. Euforia al mínimo instante que viene después de uno de esos besos que hacen menos órgano al corazón. Bonanza a Sancho, y ya saben ustedes que a la única monarquía que me permito no renunciar es a la del hidalgo. Triunfo, victoria, goce, delicia son tan solo las caricias que deja a su paso la Felicidad. Si lo tiene, les aseguro que yo no lo conozco.
Partimos entonces desde allí, poniendo y sumando razones para ampliar nuestra antología humana. A estas alturas, ni la imposición, ni la verdad absoluta, entran en nuestro repertorio. Hubo quien dijo que es tener cubierto mantel y tacto, otros hablaron de equilibrio y más o menos nos fuimos acercando a que ese vocablo depende, como casi todo, de uno mismo.
Nos dimos cuenta pronto que no gustaban más las preguntas que las respuestas, ¿Cómo ser feliz?, ¿es lo mismo para todos?, ¿Quién define el camino para conseguirlo?, ¿es quizá solo cuestión de azar o más bien de destino?, ¿cuesta menos de aquello que podemos pagar?, ¿es el conocimiento puro o la pura inconsciencia?  ¿Es feliz el campesino, que labra su propia tierra, ama su mujer y se conforma con eso?
 En principio podemos asentir a la última de las cuestiones. La idea nos complace. El trabajo de manos se suele ver con buenos ojos, y ¿quién se salta la vieja norma de juzgar a quien poco tiene?
Pero, si respondemos sí, como responderíamos a estas; ¿lo es el alcohólico que no sale de la taberna y tiene de sobra para una copa más?, ¿el escritor que cambia toda su obra por la musa?, ¿el banquero que desgasta la madera del ábaco?
Me pregunto si es un derecho o una obligación. A veces, es posible que le demos a este término la acepción de posesión, a pesar de que se empeñe en decir el refranero Español, que no es más feliz quien más tiene, si no quien menos necesita.
Pero con sinceras por delante, solemos buscar siempre en estas nueve letras la razón de nuestras peticiones. Nacen de ella nuestras posesiones presentes o soñadas, y los buenos y malos actos que cargamos a las espaldas.
Hoy sin embargo, me va más a medida, aquello de que la felicidad es un motivo permanente que me haga sonreír.
Si hablamos de lo que no tengo, es cuando pienso en todo lo que no vi, en lo que no conozco, en lo que no descubrí, en todas y cada una de las desconocidas que alrededor de una mesa me pueden todavía sorprender.
Les diré, para ir terminando y no enredar demasiado, que ser La Zalema te obliga a tomar partido por ninguno de los partidos, y tomar perspectiva, y no creerse del todo el diccionario. Al fin  y al cabo, uno piensa que la felicidad es un momento, como aquella tarde, sencilla, en un hogar, al refugio de la chimenea, con tres damas, mi hermano de andanzas, y un caballero.
Quizá sea todo más sencillo, y la felicidad, sea la buena compañía.  

martes, 21 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 4

Tallo tu falta de razón
sobre el mármol o la piedra
y la vida como templo
y el sueño como sueño.

De blanco, agua o cera
es tu rostro de acuarela
manchado por el tiempo
en el que dijiste que no.

Pero tú sigues bailando,
y si caer en la cuenta
de que tu boca me ha roto
hasta el átomo del alma

Mitad a tu añejo labio,
mitad al aire increpé…
¿para qué calzas promesas,
que no son de tu propio pie?

Y sin tu mover los labios,
y sin tu hablar palabras,
me miraste sin mirarme
y me dijiste, adiós amor.

lunes, 20 de diciembre de 2010

El abrigo nuevo

Compré ese abrigo para cuidarme del frío y sin embargo me cambio la vida. Era de color amarillo, con capucha, forrado con una piel que simulaba una ardilla o similar. Desde luego no era bonito, pero al ponérmelo supe que era para mí. El calor que desprendía dentro de la tienda me hacía tener una idea de lo bien que estaría en la calle con él puesto. No iba a juego con lo que llevaba, pero el frío me había sorprendido en la noche de Valladolid, así que no era cuestión de regatear con la comodidad de uno.
Miré el precio. Para la economía de quien sirve cafés y aguanta tonterías a partes iguales detrás de la barra de un bar, cualquier tarifa es demasiado. Miré a Clara, que me acompañaba en ese fin de semana descabellado. Elegimos esa ciudad casi por azar. Nos habían hablado de los pinchos, y en más de una noche de pijamas, risas y lloros habíamos descorchado más de una botella de Ribera.
Acertamos no obstante. Las calles prietas, y de nombre Comedia, vestían de laberinto una ruta de elixires suculentos, de manjares para la vista, el olfato y el gusto. De los seis sentidos, cinco estaban cubiertos. La miré yo también a ella y la sonreí. Nadie creo que sepa lo que es tener una amiga así.
Estuvo en mi quince cumpleaños donde aprendí a fumar tras numerosos intentos. También se mantuvo a mi lado cuando me enamoré, cuando me perdí en la tontuna de no hacerla caso por aquellos ojos miel. Se arriesgó a perderme, por sus clarezas y mi enfado, al afirmarme que la cosa no iba bien. Lloró conmigo hasta sangrar cuando perdí el hijo que esperaba. Me cogió tan fuerte de la mano que no me pude caer cuando mi marido me traicionó con la amiga de mi hermana. Me recompuso, me animo y me puso las botas con dirección a la ciudad donde mejor se habla el castellano.
Cenamos en El Hueco. De primero Carpacho de bacalao con cebolla caramelizada y grosella, de segundo Meloso de carabineros, y de tercero descorchamos la segunda botella de vino. Todo el tiempo el camarero me miraba, me despojé del abrigo, ahora que estaba dispuesta de nuevo a jugar a las seducciones con la seducción.  La cena fue perfecta. Las miradas crecían. Clara, cómplice como siempre ayudaba con las frecuentes peticiones de servilletas, sal cuando ya había sal y pan para hacer bolas de migas con las que juguetear.
Salimos con la risa tatuada, pero con tanta prisa que nos olvidamos de la magia que se había producido entre aquel moreno de pelo lacio y yo. Nos quedamos en la puerta mirándonos ambas, sin saber que excusa poner para regresar. Planteamos la retirada, la huida, la posibilidad de entrar a un sitio por entrar, pero fue mi abrigo. Aquel de color amarillo, con capucha, forrado con una piel que simulaba una ardilla o similar. Ese que desde luego no era bonito, pero al ponérmelo sabía que era para mí.
Me lo había dejado dentro. Él salió, yo lo miré, mientras Clara me ponía de nuevo el mentón en su sitio. No hicieron falta palabras, le besé directa y con el miedo descubierto. Mientras nuestras almas se entrelazaban, mi abrigo nuevo cayó al suelo y entonces empezó a llover como nunca jamás he visto.

domingo, 19 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 3

Cuando te pensé
no te pude crear
y ahora me ves
como viejo llegar…
pero ojos de contraste
¿Cómo te podía imaginar?

viernes, 17 de diciembre de 2010

Grande

No hablo de tamaños, si no de tiempos, si te digo que ya soy grande en sentimientos. No te hablaré de mis pasados en estas letras, aún estoy lo suficientemente despierto, como para saber que a tu sonrisa no le pegan mis cargas. Contigo tan cerca, o tan lejos según se viera, mis pesos los cargo a la tarjeta del olvido. Mujer con labios, solo puede ser hoy por siempre, futuro.
Esto que ahora te diré, quizá no tenga aún derecho a decirlo, te lo admito. Aún así y con más de treinta, sigo jugándomela a doble o nada contra la vida si el instinto va conmigo de favor. Me veo en la obligación de reconocer que en mis mejores presentes y futuros soñados nunca te soñé. Ni siquiera llegué a creer que existieras, será culpa de la niebla que vela por mi corazón o quizás la propia razón que me llevó a volver a pensar que no existe un Ángel con cuerpo de mujer. 
Pero ahí estás, tú. Y aquí yo, pensando en que tener de bueno para darte lo mejor, pensando en lo que no te hayan dado ya, en lo que ni siquiera te hayas atrevido a soñar. Aquí estoy pensándote, debatiendo con el alma si eres posible, si sigo vivo, si esto no es un sueño…
Aquí estoy dándole vueltas a aquella frase de canción que me advierte, “si no me mata tu amor, me matará no tenerte…”
Aquí estoy yo, una vez más, despertando.

jueves, 16 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 2

Con este complejo pensar,
tanto por dentro
como por fuera,
con este sangrante dolor
que se antoja eterno
y me recubre de piedra.

Con este cuerdo caminar
que cerrado deja lo abierto
y aun más lejos la espera,
con este angosto lugar
que se me hace cierto
y tiene recodos de esfera.

Con este misógino circular
en un rojo desierto
manchado con tu cera,
con este lejano mirar
donde no cabe el acierto
y queda clavada la quimera.

Con este rutinario bostezar,
no puede ser ungüento
ni tu boca, ni tu vida, ni tu cadera…
Con este volver a empezar,
ni te siento, ni me siento
mientras la vida espera.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Campanilla

La conocí aquel verano en que las cosas empezaban a cambiar de tono. Llegábamos todos llenos de pasos, y lo andado acabó por juntarnos por primera vez en el parking de una gasolinera. Por fortuna, no sería la última vez.
Me habló de ella un hermano de esos en los que no intervienen las cuestiones de sangre. Al parecer compartieron años atrás chuches y patio. Nosotros nos dirigíamos a Málaga, ese lugar perfecto, para cargar la alforja con sueños.  Ella esperaba en su vida con impaciencia el sonido de la sirena que avisa que ha empezado el recreo.
Mientras humeaba el café y se derretían los hielos en el monopolio del refresco, se repartieron las cartas boca abajo. Fumábamos rubio, ella pudo haberse llamado Esther, nosotros hacía tiempo que ya habíamos perdido hasta el nombre. Me salieron de primeras pareja de damas, curioso el destino, las cartas no eran buenas y estaban desgastadas. Ella, sin tenerlo, parecía tener un as escondido en la manga. Independientemente de donde caiga el acento, es posible que también hubiera sido bautizada como Raquel. En la mesa, visibles, colindaban dos nueves destinados a poker y dos corazones con posibilidad de color.
Yo subí a diez, parecía una apuesta lógica, ¿quién se queda con un nombre de esa sonrisa imposible?
Tardaron después meses en ponerse sobre la mesa las cartas que no llevábamos. Nos quedamos sin papel, y con demasiadas cosas por escribir, a tantas suertes por noche saben mejor las cañas del viernes en La Renta. Se unió a la fiesta de vivir, sin pegas, sin plagios, sin lágrimas, sin dejar que a su presente le pudieran sus naufragios.
La navidad estaba cerca, y ella, con cartas o sin cartas, ya llevaba de jugada la flor imperial. Codo a codo nos hicimos paso, a nuestra disposición un brazo por cada resbalón, una caricia por cada lágrima, una abrazo siempre disponible para cuando al destino le da por ponerse el traje de cabrón.
Y  siempre esa sonrisa...
A mi lado y de gala estuvo cuando nos cenamos el pasado y en infusión de hierbas nos cargamos las plegarias que nunca debimos tener.
Y  siempre esa sonrisa...
No hace mucho, y sin embargo, ya no recuerdo, ni como, ni cuando, un lujo se convirtió en una amiga.
Puestos ya a decir verdades, retomo en esta historia su nombre, a estas alturas en las que ya no voy de faroles con las letras me será más fácil. Lo reconozco, no me es posible referirme a esta persona basándome en el documento que llaman de identidades.
Les explico, pudo haberse llamado de cualquier manera, pero háganme caso, voy con todo, el river sobre la mesa y sin atisbos de riesgos a equivocar el All in para decir que su nombre, es Campanilla.
Y  siempre esa sonrisa...
Y que tiemble Peter Pan.

martes, 14 de diciembre de 2010

7 formas de decir que no. Nº 1

A qué me dices que ya sé,
que la poesía es mentira,
que es el falsete del alma
y el disfraz de la palabra.

A que, si un verso es vida
y yo necesito adoptar
lo contrario de rutina,
para no sentir de frío
el desapego de mis venas.

A que ese rojo de tu ira,
si solo quería robar
de tu dudosa subida
un escalón de tu prisa
para unirlo conmigo.

A qué, te acercas sin prisa
a probarme los labios
con esa ausencia de risa,
si tú nunca fuiste mía
y te quería por querer.

lunes, 13 de diciembre de 2010

El síndrome del escritor

-          ¿Por qué escribir? - Me preguntó con la voz descreída -.
Como respuesta, y contra mi gusto, no tuve más remedio que sumar otra cuestión al asunto.
-          ¿Acaso tengo elección?
Reconozco que tantos axiomas, tantas perogrulladas, los dogmas sin fe y  tanto juntar consonantes con vocales, pueden hacer creer que es posible convertir una mentira en verdad, ¿o quizá no?
Hoy vestiré el traje de judas, malgastaré las piedras contra mi propio tejado, y tiraré con balas de chicle a este gremio singular que en la mayoría de las ocasiones escribe lo que sueña, para vivir lo que escribe.
Me reafirmo agnóstico de las banderas que no laten, apto para entender cualquiera de las religiones y especialmente crédulo con cualquier pensamiento medianamente gobernado por la razón.
Se me ve en la pluma, que en cuestión de literatura, soy más de Hidalgos que de Panzas, siendo mi única norma aquello de que allí a lo lejos, se ven gigantes y no molinos. No lo escondo, ni puedo, ni quiero, ni tengo precio para mi gramática.
Por esencia espero que no me alcance en esta carrera la fama o el dinero. El que escribe lo hace por necesidad, y no precisamente de doblones. Que la bolsa no te corrompa, es la parte básica del camino. De la posible grandeza de mis letras yo solo me quedo con tus ojos, con lo que te queda, con la posibilidad de que te gane la partida al sentimiento una sola palabra.
De mi literatura, me quedo solo contigo, con tu lectura.
El síndrome del escritor es cuando acaba por creerse sus propias letras. Cuando uno, se pierde a si mismo, cuando se esculpen a modo de mandamiento las ideas en piedra, cuando el papel se llena de medallas y su mente de soberbia, cuando olvida que es en la calle donde habitan los cuentos, los sentimientos y las leyendas.
El síndrome del escritor, es cuando vale menos la musa que el poema.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Pensar, escribir y viceversa

Pensar, escribir y volver a pensar, en lo que pensaste, en lo que no escribiste, en lo que pensarías si volvieras a pensar, en escribir lo que no pensantes y que piensas que deberías haber pensado, en lo que escribiste, en lo que nunca serías capaz de pensar, en lo que no puedes, en lo que no debes, en lo que no te atreves…
Escribir, pensar y volver a escribir, lo que no borraste y aquello que guardas para ti, lo que no pensarías sin versos a mano, la canción, el poema o ese relato que aún nunca has pensado, lo que no sabes pensar, a lo que no llegas, lo que por mucho que quieras eres incapaz de pensar, lo que te da miedo escribir…
Pensar, escribir… y viceversa.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Primera Cita

Hace tanto tiempo que mientras juego al ajedrez no topo con damas, que ora, que vos está enfrente, mitad compañera, mitad adversaria, me cuesta encontrar de las palabras, las adecuadas. De antemano te pido excusas, si el lenguaje me lleva a ser lisonjero, y sin haberlas visto más que en la imaginación hablo de ciertas partes de tu cuerpo o tu corazón.
A mis más de treinta aún tengo en el jardín de las cuentas pendientes el verbo pedir, ya de grande me desenvolví siempre mejor dando. Por ello, bordearé ligeramente las gentiles normas y en lugar de pedirte una cita, te hablaré de compartirla. Cuestión de extremas sensibilidades, pese a que es evidente que soy yo quien le pide a vos un rato de su vida.
De los trescientos sesentaicinco días del año, te cambio el tú de la noche del sábado por el nos, tu verbo por mis predicados, cada unos de mis segundos por todos tus minutos, mis latidos por tus pasos, el sueño por la vela, la noche en blanco por todos y cada uno de los colores que aún conservo.
Te propongo para que me aceptes, un intercambio de recuerdos, la risa sin restricciones, las formas antiguas aliñadas con mi nombre, una de las mejores versiones de mí de las que disponga, no perderme en exceso en el misterio de tus caderas, la mente despierta, la jaula de papel albal por si fuera preciso desenjaularse, el orgullo desierto y aceptarte cada palabra que me regales como una zalema.
Te propongo para que te vengas estar a favor de tu piel, un viaje, abrirte de par en par las puertas y esconder la luna hasta que se pierda, te propongo luciérnagas por estrellas, una momento que no olvides, la copa llena y especialmente solo aquellas promesas que de verdad pueda cumplir.
Quizá me sobren letras, al fin y al cabo, lo único que quiero para mi primera cita es pedirte que la compartas  conmigo…
Y al filo del anochecer, y aunque todo el infierno me cierre el paso, pasarte a buscar… 

viernes, 10 de diciembre de 2010

Flechazos


Tengo más por costumbre, que por norma, no creer en flechazos. Discúlpeme vos, pero desde muy chico, me fui dando cuenta de que los cantos de sirena te llevan, por regla general, al fondo del mar. Soñé tantas veces con quimeras que a la mañana siguiente se convertían en estatuas de sal que ahora no distingo entre la vela y estar dormido. Me dicen las malas lenguas que poner rumbo a la belleza suele tildar de rojo las cuentas, que el alma se acongoja cuando el corazón se enamora. Tantas veces quedó mi mirada perdida sin entender por qué a la hora de besar hay que usar la cabeza que hoy, que beso con ella, no recuerdo donde olvidé mis labios.

Lo reconozco, todo esto lo aprendí tras suspender todos y cada uno de los exámenes. No me entiendo sin jugarme el cuello por otro cuello, si no me hiela la ausencia, si mis manos no tiemblan a cada palmo de un cuerpo, si salgo a jugar por jugar, si no cargo la vida con un nombre que no sea el mío, si al final del cuento me conformo con tres puntos suspensivos…

Sin embargo una tarde de cualquier mes apareces, con una sola palabra, una sola sonrisa y vuelven mis neuronas a aquellas andanzas donde los molinos son gigantes. Vuelve Dulcinea, y sin entrar en las corduras que pudieran no estar de tu lado para acercarte a mí, me vuelvo a decir… ya estás soñando, una vez más.

Me pregunto entonces si soy bueno en lo que hago, vivir. Entonces me pienso, me reinvento, me importo cada minuto con sus sesenta segundos, me doy la oportunidad de volver a empezarme cada mañana, de volver a cargar las pilas con ilusión. Dirás, posiblemente con razón, que quien llena su mochila más con esperanza que con rutinarias es más boludo que soñador. ¿Pero qué puedo decirte?, así soy, y si es cuestión de elegir, yo prefiero de vecino para el otro lado de mi cama unos ojos antes que una puesta de sol.

Cuestión de ser, debo admitirlo, pero no me Aladino fundando hogar en otra cosa que no sea una peca, una parte del cuerpo de esa mujer, un lunar, una pequeña parcela de esa eterna espalda donde mi cabeza por un segundo, puede parar de pensar. Si hablamos de romanticismo, yo me quedo con un pecho como caja fuerte para mi alma.

Ya me ves, con más motivos que ganas de tirar la toalla. Quizá debiera, sonó demasiadas veces la campana, sin embargo ahí estás tú con tu sonrisa diciéndome que uno no puede dejar de ser lo que es.

Dicho esto, insisto, no debiera creer en flechazos, ni en hadas, ni en cuentos…

Pero ahí estás tú y tu sonrisa, y no hay más que hablar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Romance

Elijo volver a contar
de ti cada recoveco,
seguir tan solo viviendo
con tus senos de reto,
subirte lento de cerca
y trepar como yo trepo
cuando se acerca el mar.
Quitar de tu lengua el sueño
y volverte a empezar
sin siquiera respirar
en tus brazos como cepo.
Prefiero al grito, susurrar,
evitar la herida del eco.
Bastar debieran dos palabras
para un corazón tan seco.
Y volver a empezar
sabiendo que en ello peco.
En el cielo de tu labio
la yema de mi dedo
pidiendo silencio para hablar
esas dos palabras de nuevo,
que escritas en la mirada
hacen de perfecto cebo
para volver a contar
de ti cada recoveco.

martes, 7 de diciembre de 2010

De cordones (los umbilicales)

Mira vos por dónde, que me acordé hoy de un boludo, y me cantaron en exceso las faltas de que falto al no decirle que me costa su nuevo color de alas. No hace mucho, seguro lo recuerda usted, platicamos el uno con el otro de cómo recuperar partidas, de ilusiones rotas, de alguna de las minas que entraron para salir por nuestras vidas llevándose casi de gratis parte de nuestras visas, de vueltas y locas, de la gran batalla, de la guerra perdida.

Y mira vos hoy. Ya están los tontos haciendo tonterías, jugándose con tan solo la esperanza parte de la vida, hay están esos dos de las lunerías jugando a sonreír una vez más. Hay, mírate, míranos, como por mucho que sangre la herida, nos viene tras una despedida una nueva bienvenida.

Te hablo de cordones (los umbilicales), por ser uno de esos lazos que atan a querer seguir. Que como decía no se qué pelotudo, amarran por derrotas y victorias. Es aquí cuando me pierdo si me ponen hora para nuestras huidas, si en la pelea con tus ganas no puedo con la cesta de las manzanas podridas.

Anda diciendo ahora ese loco que va por ahí dando “clases de morbo Mesalina”, pienso yo, que debiera ser grato poder aprender. Como hago de tus modos o tus gestos, de tus certezas, de tus impurezas, de tus deslenguadas lenguas, de tus rarezas sobrinas de mis rarezas, de tus prisas, de tus penas, de tus vistas y perezas, de tus conquistas, de tus fracasos… de tus promesas.

Ni con miles de mis manos ya puedo contar los cigarros que disfruté con usted, ni la perdida, ni las perdidas, ni los culos de JB, ni las olas del mar, ni las lunas vacías o llenas, ni las risas, ni mucho menos los goles de Omar.

Ni con miles de mis sueños pago ya lo que te adeudo, ni los añejos Glen Coba, ni las penas, ni la rabia, ni las lágrimas, ni la ilusión. Ni mucho menos los limitados momentos en que aun se pone de nuestra parte la razón.

Y del peligro, hablemos del grande, del que lleva a pensar que si existe ese sitio para ti, ese mismo que ora parece esperar. El peligro, el puro, es aceptar el guante que te reta a encontrar lo que un día prometiste soñar. El peligro, el esencial, es cansarse uno de sus cansancios y de nuevo volver a saber como querer saber besar.

El peligro, amigo mío, es levantar la copa ahora y tener porqué brindar.

domingo, 5 de diciembre de 2010

Tú, de papel

Con letras y negra tinta
te indago en el alma llana,
se hace la palabra plana
de ti la mente encinta.
Cae la torpeza cercana
en un corazón latente
que no domina ya el pincel…
El fracaso está en mi mente
ya, por mucho que lo intente
tú no me cabes en papel.

sábado, 4 de diciembre de 2010

1992 – Cuarto de siglo

De Miranda con su Logroño en fiestas, a la última en Granada, con paradas en Aras y Cristinas, con una desazón detrás de casi todas las esquinas. De Málaga, con su Torrox… Y las risas, mis penas, las niñas, el amigo, las lunas llenas pintadas en las orillas del mar, las ojeras, la cueva y un poco de más.

De aquella que nombramos reina y no llegaba ni a princesa, de las obras en mi sitio, del primer 25 de agosto sin sentido, de mis ruinas de cuarto de siglo, de mis queridas zalemas, de mis odiadas fracturas.

De mis rutinas con el sol, de las vespertinas que hacen soñar con un laboro diferente, de boludo a pelotudo.

De no tener presente a no soñar con futuros.

De nuevos adioses y nuevas bienvenidas, de los que están y de los que no volverán más, de la boda del pequeño que me venderá, del sueño que me quedó por dormir, del olfato que ya no tengo, de cada una de las palabras que perdí.

De la falta de intentos, de las muchas veces que pienso que ora hace mucho tiempo que no digo te quiero.

De mi Nuria, de las vueltas sin motivo a cierta carretera, de los cumpleaños no celebrados, de las risas, de los petardos, de mi madre y de mi hermano, de mi padre, de mis lujos en las manos cuando en ellas habitaron ciertas manos, de mi hermana como emigrante en Londres.

De sus chavales contra mis chavales, de Gabriel Omar el gol (de quien si no), del fracaso del Glenn Cova (ya se hace uno mayor), del flaco y del cambio de la habitación por el salón, de lo quemado, de lo poco que va quedando del corazón.

Del asombroso fiasco de las faldas en lo referente a la ilusión, del tacto engangrenado, de todo lo que una vez más no fui, de la eterna pregunta ¿Dónde cojones perdimos por esto la ilusión?

De mi verano, que ya pasó.

viernes, 3 de diciembre de 2010

Me falta usted

Esta noche me puede el papel,
[Me falta usted]

Y no hay tabaco, ni ruinas,
no hay pequeñas infelicidades,
ni se sienten los versos tristes de Neruda,
no hay pan, ni por huesos espinas,
no hay mujer, ni un beso que dar,
ni un cuerpo, ni unos ojos cerrados,
ni torpes pasos tropezando,

ni mi cabeza preguntándose
[¿Dónde está?]

No hay más que soledades, faltas,
ausencias de magia y un hueco
en donde antes uno guardaba
lagrimas en forma de palabras
[Oh, aquella chistera]

No quedan ganas de volver a ser
ni solitario, ni bohemio, mucho menos
emborrachador de sueños, feliz infeliz
que aprende a ser aire….
No hay rastro de ella aunque
la busco en todas partes,
en todas las cosas, en canciones,
en sabanas, en el borde de la copa,
en esta alarmante falta de talento
ante un folio en blanco.
[¿A cuanto las letras?]

Y perdone si me salté las normas,
la métricas, los ritmos y me sobran
por cada línea tantas palabras
para tan solo decirle que
esta noche me puede el papel…
Entiéndame…
[Me falta usted]

jueves, 2 de diciembre de 2010

Sortilegio - Capitulo II - El vestido Naranja

Samuel esperaba sentado, paciente, tranquilo. Sabía de sobra que su mujer aún tardaría unos minutos más en salir del baño y ya llevaban demasiados años juntos como para haber aprendido que meterle prisa no era una de las mejores ideas que a uno puede ocurrírsele en esa situación. Liaba un cigarro de la marca Pueblo, con papel y filtros pequeños. Aunque lo había reducido, jamás consiguió dejar del todo aquel vicio diario. Al fin y al cabo, no para todo se tiene la misma fuerza de voluntad. Lo encendió y aspiró suavemente. Si de él se pudiera hacer una ranking de virtudes, la paciencia de seguro, encontraría lugar en las primeras plazas. Con los años había aprendido a saber esperar las cosas. La vida suele responder con ofensivas los ataques, así que ya hacía varias décadas que su táctica escogida era defenderse y contraatacar más con talento que con fuerza. Acerco su mano a la mesilla de blanca madera donde descansaba el mando de la cadena de música, pulso el botón que mostraba un triangulo tumbado de color verde sin recordar que habían dejado puesto. Sonó potente, pero cómoda, la pieza Nessun Dorma de Puccini. Sonrió, no hacía demasiado que el amor sucedió al son de aquella melodía desgarradora. Cuestión de horas pensó, disfrutando aún de la mueca que formaban sus labios.

El cigarro casi llegaba a su fin y su mujer seguía sin cruzar la puerta. Decidió dedicar entonces ese momento del que disponía para pensar en lo que estaba a punto de suceder. Su hija Leonor les estaba esperando en la vieja cafetería. La misma donde merendaron tantas veces un batido de chocolate y unas tortitas con sirope de bombón. La pasión de Leo por aquel sabor siempre le emocionó. No recordaba a nadie, que hubiese conocido o no, disfrutar tanto con un placer tan pequeño. Estaba convencido de que al llegar, les esperaría con un batido en la mano, ahora que ya tenía edad suficiente para no necesitar a sus padres para pedir lo que gustase. La fuerza del final de la pieza que ahora tronaba le potencio el recuerdo. Que placer tener el alma en la garganta y saber disfrutarlo. Cuanto tiempo había tardado en aprender a vivir, cuanto tiempo en saber cual es la mejor formula que tiene uno para existir. Mientras saboreaba todos aquellos pensamientos se abrió por fin la puerta del baño. Ana había escogido el vestido de verano naranja oscuro. Era sencillo, de lino, suave. Llevaba tiempo en el armario esperando a ser usado. Se notaba que para ella también era un día especial. Quería estar lo mejor posible para su hija, y por supuesto para su incansable marido, que nunca supo ni quiso saber como dejar de quererla. Con una de esas sonrisas que delatan a leguas la felicidad de su propietario, preguntó. 

- ¿Cómo me queda este vestido?

Samuel la miro de arriba abajo. Vio claramente como su piel excesivamente blanca no acababa de combinar con el exceso de naranja. Sus tobillos ligeramente hinchados se hacían notar. Las caderas henchidas por los años y la maternidad se marcaban en los pliegues de aquel sencillo atuendo. El escote, aún generoso y hermoso, recordaba aquellos tiempos donde penas o miserias se perdían en un latido. Llego hasta su rostro, el mismo que había visto cada mañana desde hacía más años de los que uno es capaz de recordar. De la sonrisa nacían unas pequeñas arrugas en labio superior, sus pómulos elevados contenían disimulados los pliegues que se forman bajo los ojos cuando ataca la falta de sueño. Su pelo en cambio, estaba como siempre, inamovible, y su flequillo casi ocultaba esos ojos tan antiguos como el mar. Samuel, sin ser consciente del todo, mintió. Respondió antes de digerir del todo la pregunta, sin tiempo suficiente como para elaborar la respuesta que debía dar.

- Estás… perfecta.

El labio inferior de ella, tembló. Mientras ella se alejaba quedó pensativo en las ideas. Comenzó a jugar con ellas. Ahora lo tenía claro del todo, no había dicho toda la verdad a su mujer, no al menos como lo quisiera haber dicho. Rogó tener una segunda oportunidad para volver a aquella pregunta, para contestar que no estaba perfecta, que era perfecta, su perfección. En lo que para otros pudieran ser defectos, él vio sus triunfos. Mientras ella se alejaba, repaso de nuevo todo lo que había visto. Su piel tan blanca a causa de haberse pasado el verano en casa, sin salir, para cuidar de su maldita bronquitis. Sus tobillos ligeramente hinchados por los paseos a media noche para que él pudiese conciliarse con su mal sueño, las caderas anchas a fuerza de regalos para el paladar le recordaban que en su día fueron durante nueve meses hogar de su mayor victoria, aquel pecho donde guardo sus penas, donde ahogo sus lágrimas, donde dio Leo sus primeros sorbos, donde fue lascivo cuando tocó serlo...

Aún con ella de espaldas, pudo ver de nuevo su rostro. Lo conocía de memoria. Era el primero de los folios que guardaba en el cajón del recuerdo. Las arrugas de su labio nacidas de tantas noches de risas, los pliegues de sus frentes recopilados en tantas jornadas de quiebros, las ojeras, causa de compartir empeños en esas noches donde uno no puede dormir. Su pelo, intacto, perpetuo, con ese flequillo que casi ocultaba ese un iris azul tan antiguo como lo es el mar.
 
Pensó, cuan cerca está a veces la mentira de la verdad, y viceversa. Se confirmó, había mentido, no estaba perfecta, era perfecta, su perfección. Sonrió como sonríen aquellas personas que se saben con la razón de su lado mientras el resto de los mortales naufragan entre las penumbras. Fue en busca de su mujer para sorprenderla una vez más, para arrancarse desde lo más profundo un te quiero, para convertir dos palabras en una forma de existir.

Funcionó. Una vez más. Fue correspondido por un beso, y por segunda vez en la vida fueron ambos cuadro. Fueron uno. Fueron sortilegio.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Sortilegio - Capítulo I - Génesis

Samuel siempre había sido un hombre muy dubitativo. No vivía colgado en la duda, simplemente, atendiendo a la más profunda acepción de la palabra mantenía en suspensión cualquier juicio acerca de un hecho. Desde la infancia había cogido la costumbre de alejarse de cualquier extremo. Partidario por naturaleza de los términos medios, los dogmas siempre le daban más preguntas que respuestas. Su cabello negro y liso había sido asaltado por el tiempo, contando ahora con más canas que recuerdos. Sonrió al pensar que no se acordaba de la primera vez que lo sorprendió el blanco en su pelo, simplemente sucedió, y un día cualquiera frente al espejo descubrió que en su azotea, había nevado. Era joven, más todavía en espíritu. Lucía barba grisácea, a ras, con gesto seco, pero sonrisa amable. La nariz, para algunos, quizá demasiado importante. Sus ojos eran pequeños, su mirada grande. Siempre fue pintor, pero dado que nunca vendió un cuadro, tuvo que ganarse la vida como panadero. No odiaba su trabajo, le gustaba utilizar las manos, sentir las cosas que hacía. Amasaba la harina, los cereales, la sal y el agua con delicadeza. Disfrutando de la conversión de aquellos cuatro elementos en uno solo. De todas las cosas que había hecho a lo largo de su vida, solo en una no titubeó. Tan solo una vez se encontró con todos los pesos al mismo lado de la balanza. Se casó por amor. Con la mujer perfecta, con su mujer perfecta. Ella se llamaba Ana. También se dedicaba a la pintura, y aunque tampoco vendía cuadros, se ganaba la vida con los retratos. Pudiera decirse que fue el color lo que les unió. Su pelo rubio, extenso en flequillo, casi escondía unos ojos profundos, antiguos como lo era el mar. El labio inferior carnoso había adquirido la costumbre de temblar cuando se emocionaba, cuando la existencia le ponía delante una de esas cosas que alimentan el alma. Nadie hubiera dicho de ella que fuera una belleza, la verdad es que no le hacía ninguna falta que nadie lo dijera. Era feliz. Se sentía amada por sus dos pilares.
Leonor, ya adulta les había dejado solos en el pueblo. Ella lo entendía, como muchos jóvenes había ido a buscar su sitio en un lugar que si saliera en los mapas. Cosas de la cabeza cuando habita en la primavera, pensaba ella. Ana era activa, no dudaba, tomaba partido siempre y salvo en los misterios inexplicables de las entrañas nada le asemejaba a su compañero. Nada salvo la magia que se producía con el tacto, con la mirada, con la compresión, con los colores que fundan hogar un kilómetro más allá de la imaginación. Nada, salvo todo lo que importa.     

Un sábado, algo antes de media mañana, Samuel se vio solo en casa. Sentado en su sofá, decidió buscar compañía en una taza de té y un cigarro de liar. Tanto uno como otro fueron hechos a conciencia, pausadamente, como si fuese el último té o el último tabaco que fuera a saborear. Desde hacía tiempo, creía que la vida era una carrera donde a veces compensaba detenerse a mirar para no perderse las cosas que de verdad importan. Sacó el agua del fuego un momento antes de que comenzara a hervir, tal y como había aprendido en unos años de juventud pasados en Londres. Fue a la capital Inglesa en busca de si mismo, pero tan solo se trajo consigo un idioma que apenas había usado y una afición extrema por la puntualidad y el té de calidad. Meticulosamente llenó tres cuartos de taza. Nunca fue de gustos excesivos, las cosas que llegan hasta el borde suelen derramarse con facilidad. En ese lugar donde habitualmente devoraba libros de casi todas las temáticas decidió ejercitar su memoria. Aparcó en la mesa redonda de madera envejecida, cenicero, infusión y mechero. Recordó entonces sus inicios en aquella casa. Le encantaba aquel lugar, lo que trasmitía, lo que sentía, los recuerdos que le daban compañía. Cuando uno encuentra su sitio, sabe donde quiere morir, decía a sus íntimos. Aquel hogar era el único situado entre dos pueblos de un lugar tan lejano que ni siquiera tenía mancha en los mapas. Sin mover un ápice del cuerpo, comenzó a viajar en el tiempo. Aquella historia para la que nunca habrá suficientes páginas tardo un solo segundo en rodarse en su mente. Una lágrima y una sonrisa fueron su rostro.

Aún tenían de su lado el misterio de las cosas cuando llegaron a su nueva casa. Eran muy jóvenes, demasiado valientes. Es posible que en la mochila llevasen excedente de confianza. Es probable que hasta tuvieran razón. Sobradas de amor, sudaban sus manos entrelazadas. Aquel momento, de ambos paralizados, unidos con los ojos como platos ante una construcción de madera blanca, era el momento de sus vidas. No lo supieron entonces, aunque aquella pintura quedó tatuada en sus almas para el resto de sus días y lo recordaron siempre. Respondieron a la pregunta existencial más compleja, ¿Para qué vivimos? Su respuesta no contuvo palabras. No hacían falta. Se miraron a los ojos sabiendo que se puede morir de felicidad, dos personas rompiendo las matemáticas. Cumplían un sueño que nunca tuvieron, dos esencias, que sin chistera que mediara, se habían convertido en un sueño. Supieron necesario hacer de la trascendencia del momento humo, fue algo pausado, instintivo. Previamente sus gargantas habían sido invadidas por olas de emociones que habían nacido en su estomago. Era la señal, era preciso parar, volver a la realidad, justo un paso antes de convertirse en sortilegio.