miércoles, 27 de abril de 2011

Me sigue faltando usted


Rozo la muerte cuando escribo,
pensando en ti…
en cada palabra me va la vida
si van vestidas para tus oídos,
quiera o no quiera,
lo sé…
Me sigue faltando usted.

Me sale del alma,
la tinta,
quiera o no me quiera creer,
el amor que proceso
no es de ser,
ni de humano,
ni siquiera real…
más de lo que la quiero,
no se puede querer,
quizá sí, no lo sé,
le recuerdo que…
Me sigue faltando usted.

Y no pondré en letras,
su boca, ni su estancia
a mi vera, a mi lado,
ni mandaré a la mierda
a la primavera,
que se va,
que una y otra vez
me recuerda que…
Me sigue faltando usted.

Felicidades.

martes, 12 de abril de 2011

Interrogante antes de 100

A un paso de los cien textos, La Zalema, se hace la siguiente pregunta:

¿Realmente hacen falta?

miércoles, 6 de abril de 2011

El cuadro de Ana - Capítulo 3

La gran masa de agua se hizo tan fuerte que le sirvió un leve movimiento sobre la popa, para volcar la barca. Ana se sumergía inexorable hacia el fondo azul, que después sería negro. No había rastro de su padre. En primera instancia, y con la garganta ardiendo de miedo, sacó fuerzas de donde no quedaba nada.

La joven consiguió llegar a la superficie que aún quedaba a flote y encontró apoyo, busco con la mirada, pero no había rastro alguno de su padre. Ana no quiso creer que el mar se lo había tragado y que pronto haría lo propio con ella.

Mejor así - se dijo -, no me quedan motivos para volver -pensó-.

Sus brazos dejaron de encontrar motivos para aguantar, cerró los ojos, y empezó a hundirse con serenidad.

martes, 5 de abril de 2011

El cuadro de Ana - Capítulo 2

Perdida ya incluso, en una vaga idea, la madeja que fue el principio y que con su mover sin pausas, dio lugar al ovillo que era ahora su cabeza, cesó.

Ana, no sabía de muchas cosas, al menos no de aquellas que carecen de importancia para el alma. Al menos hasta el momento en que se encontraba, sabia sin dar lugar a las persistentes dudas, que había sido feliz. Muy feliz.

Aquella postal no era nueva, se repetía todos los días, de todos los años. Ana esperaba absorta en su balanceo el regreso de su padre, un hombre, un pescador.

Todo era como siempre en pequeño pueblo de Pizco, y como siempre la tarde iba sucediendo al medio día. El gris de cielo sin embargo se mantenía despierto y la lluvia caía sin fuerza, parecía como si no quisiera hacer daño a la tierra, ala que más que golpear acariciaba.

Algunos de los pescadores regresaban del puerto, unos contentos por la labor, otros no tanto por el precio al que habían cobrado en la lonja por sus piezas. Demasiadas razones achacables al hombre casi al ciento por ciento, hacían que las faenas últimamente no resultaran lo que se quería de ellas, y la mar, que como cualquiera, es celosa de sus pertenencias, a veces se cobraba de tarifa una vida.

Ana mecía su tristeza al compás de una mecedora, sus ojos hinchados por el dolor y la angustia se clavaban en un viejo cuadro que posaba sobre la chimenea, un mar embravecido luchaba a muerte con una barca. Todo en ocre y rojo, en la barcaza se erguía la figura de un hombre tratando de mantenerse a flote… de repente una fuerte ola embistió el estribor de su del rival. Ana gritó a su padre, pero este no escuchaba. El mar gritaba demasiado fuerte, las ropas de ambos se fueron empapando al paso de los segundos, nunca antes, el tiempo, había transcurrido tan despacio.

lunes, 4 de abril de 2011

El cuadro de Ana - Capítulo 1

Más que recuerdo, lo que queda de la niñez en nosotros, cuando ya no esta, es una perenne sensación. Evocación, siempre accesible. Basta con un cerrar de ojos, un olor, un sabor a guiso de papas con pescado, incluso con un suspiro atravesado. Aprender, que hay tiempo en la vida de grande para volver a ser pequeño es importante. Aún debe de dar, para cerrar los ojos y suspirar, al mismo tiempo.

Es, ¿cómo lo diría?, quizá como una especia de olor de estomago, que sube, recorriendo el cuerpo hasta alcanzar la cabeza. Pero a sinceras ¿quién podría, con tan solo letras, definir un tiempo en el que dos más dos, pueden o no, sumar seis?

Para Ana, que dudaba en la mayoría de las cosas que no se deben dudar, la niñez era cristalina. Era el olor a óleo y aceite combinando en los dedos de su padre. El sabor a mar que quedaba en su boca cuando diariamente esta se posaba en la áspera y acogedora barba salada de su pescador. Era la espera que se balanceaba en una mecedero de mimbre junto a un fuego gastado de leña húmeda. Era su intimo lugar, su secreto, sus colores, su verde y su azul. Era por encima de todas las cosas, una pintura. El cuadro de Ana.

Mientras jugaba con ideas similares a las descritas posaba la mirada de sus ojos en aquel lienzo. Sentada en la vieja mecedora de siempre, jugaba con las líneas de aquella suave mezcla de añiles y ocres que reinaban solitarios en la pared del pequeño cuarto de estar. Había vivido toda su vida en aquella casa, pensó. Escasas paredes, y sencillez para una sencilla existencia. Pues bien creía haber aprendido la respuesta por hacer de su padre, cuando por casuales se veía en la gustosa obligación de explicar a algún curioso vecino la humildad de su casa. Un hogar – decía él- tan solo es lugar donde ser y guardar las cosas que te hacen feliz, el resto depende de las personas que lo componen.

La sonrisa de su boca era de color amargo, como de quien ha sonreído mucho ya y le cuesta encontrar más motivos. Mientras el fuego adquiría violencia, ella seguía el hilo que le marcaban sus pensamientos Se sucedían uno tras otro, dándose vueltas a si mismos como un torbellino de lana, enredándose con otros unos, montándose, cruzándose, torciéndose…

viernes, 1 de abril de 2011

Que caiga la noche


Ojalá que caiga ya la noche,
quiero cerrar los ojos y pensar
como se deja escapar un corazón,
quiero estar en negro y abrazar
las ideas que me quedan
de la belleza que se da…
Ojalá que caiga ya la noche,
para así, poder intentar
llamar a todas las puertas
donde los recuerdos no pueden entrar.

Ojalá que caiga ya la noche,
y así poderte olvidar.
Quiero no ser nada,
quiero que se puedan arrancar
los lunares de los disfraces
y tu rostro desenmascarar
Ojala que caiga ya la noche,
para volver a empezar
una nueva partida
donde los recuerdos no puedan entrar.

¡ Que caiga ya la noche !