martes, 28 de junio de 2011

El hambre es un cáncer


Fuera de costumbres de este que les escribe, hoy toca jugar con el título que no será título, realmente es una forma al revés de afirmar que el hombre es un cáncer. Solo una letra cambia, solo una que lo cambia todo.

Siendo así, ya hablamos del estúpido genoma que lleva a las manos las piedras, de la saca nunca llena, de la injusticia habitual de que haya que ser el malo para quedarse con la bolsa a rebose, incluso cuando esta ya lo está, de la cruel acaricia del acero de una palabra que te abre las venas, de la sutil puesta en escena de una selva, para ser bosque, para ser parque, para ser arena, para llenar las revistas con las ultimas folladas de no se quien y no se cual.

Siendo así, ya hablamos de poner nombre al culpable de que yo me equivocará en el título de este relato que valdrá para tan poco. De la rivalidad entre los compañeros, del puñal que asoma en el diccionario tras la palabra amistad, de que por mucho que me empeñe parece siempre fallar ese cordón umbilical.

Vestimos de gruyer el cielo, con el alma ya vendida parece hasta normal que el depredador del mundo se crea su dueño. Con solo los veniales derretimos los polos, ninguno de los capitales supera el mirar a otro lado cuando en la caja tonta salen despellejando focas en lugar de la vigésima de gran hermano  

De que somos nefastos nos sobran pruebas aunque no nos queramos creer. Llamamos ahora, hacer un favor, a la ayuda, lo cobramos, por supuesto, mejor por dos. Cuando duele, mejor es callarse, cuando pica, no rascarse, cuando te quedas sin voz, meterse a un programa de la televisión para hacer un curso de reciclaje.

Mientras andamos nuestros martes sin mirar atrás, sin ver que nuestras huellas queman lo pisado, lo turban, la siegan, lo envenenan tan profundo que nada parece crecer.

El hambre es un cáncer, cierto, y aquí estamos, sentados, mirando, viendo los días pasar, mientras nos perdemos en nuestra propia enfermedad, en nuestro propio día a día, y alguna que otra noche de más.

Con la mirada, tirada hacia otro lado.

jueves, 16 de junio de 2011

Que me dijera

Me gustaría que me dijera que no le gusto un comino, que ni le gusté, ni le gustaré siquiera cuando me sepa totalmente perdido. Que no le gusta que me guste, tanto como me gusta.

Que me dijera que no soy de su mitad el doble que le complementa, que por usted, París, se puede hundir tanto como Venecia.
Que no guardamos bajo la piel el mismo átomo, el mismo sueño, los mismos verbos que acaban por decir lo mismo.
Que no la entiendo cuando se le eriza la nariz, que es mentira que comparto su opinión cuando dice que no le importa que llueva, que le moleste de veras cuando queriendo juego con su flequillo.

Que me dijera que duerme usted bien, cuando duerme con mi ausencia, que el descanso le dura la noche entera, que no se despierta sin saber porque, que no siente que algo le falta, aunque no quiera saber que es.
Que hay otro mejor, que le pierde cuando debe las partidas a la paciencia, que le cura los ánimos, que la mima, que le gana los años en meses, que le mira a los ojos y la siente tan adentro que duele, que le comparte los malos instantes, que le recuerda constante que después del invierno viene la primavera.

Que me dijera que no la quiera, que no me querrá por mucho que yo lo quisiera, que no es posible que la tenga, que es usted sirena, hada, bruja, quimera, que no es posible que entienda todas tus palabras antes de que tu boca las pierda.

Me gustaría que me insistiera en que el lugar secreto es un invento, que no existe el sitio donde escondernos. Que ni hacen, ni hicieron, ni harán migas mis yemas con sus dedos, que no se cree que pueda en brazos con usted a tres metros del cielo.

Me gustaría que su genio me diese genio y no me devolviera una sonrisa, que me reconocieras que mis palabras no te afectan, que me predijera un desierto en nuestros labios cuando quede tu boca tan cerca, que me equivoco, que se cansó de ser princesa, que no es cierto cuando digo que solo nos falto el principio, que el único final posible es la fuga.

Me gustaría que todo esto me dijera, aunque, ni una palabra la creyera.

lunes, 13 de junio de 2011

Un lugar llamado Secreto - 2 de 2

- ¿Ahora?, contestó ella.
No preguntaba. Simplemente jugaba a no tener la respuesta que tenía. Cerró el libro, se levantó del sofá despacio, olvidó queriendo olvidar las zapatillas de andar por casa. Se acercó liviana a su medio átomo y le quitó con la boca en su boca cualquier intento de palabra.
Cuando uno besa a un hada, es frecuente quedarse sin saliva. La lengua se colapsa cuando la delgada abertura de una boca es de terciopelo. Él lo sabía, la había besado tantas y tantas veces en los sueños que ahora casi no se creía cuando sucedía. Antes de partir, decidió preparar un néctar para su huida. Reservo el hielo para la coctelera, y rizó la piel de una naranja. Enfrío las copas con mimo antes de mezclar dos onzas de Vodka, una parte de Blue Curaçao y otra de Cointreau. Mezcló con suavidad y firmeza y terminó la copa con la cutis del cítrico.
Llegaron casi sin moverse. Refrescaba lo suficiente como para que se agradeciera una chaquetilla sobre aquellos delicados hombros. Descalza notaba en su tacto el suelo mullido, cerró los ojos. El sol le calentaba los parpados, mientras, en sus oídos sonaba una canción que le recodaba a cierta ciudad. Se sentó frente al lago, los arboles susurraban en su interior. Tembló, ¿Quién no tiembla cuando alcanza los sueños?
Desde el porche de la casa de madera él la veía, perfectamente imperfecta. Lió un cigarro mientras apuraba el último sorbo de su bebida. No muy lejos de donde ella decidió sentarse, tenía raíces el viejo árbol. A su cabeza llegó invitado el recuerdo de la primera vez que encontraron aquel lugar, de la inscripción que dejaron con las yemas de los dedos en aquel roble, de la leyenda que citaba que aquel lugar, sería llamado “Secreto”.
Fue hacia ella, despacio, disfrutando cada uno de los pasos. De la mano la ayudó a levantarse, la miró como la miraba siempre, y a la orilla de aquel lugar, hicieron real, lo que solo es real en el mundo de la imaginación.

jueves, 9 de junio de 2011

Un lugar llamado Secreto - 1 de 2

Él llegó hastiado, sin estar cansado, pero sin ninguna canción que llevarse al paladar. Aquel siete de Junio, el día, había decidido traerse consigo una rutina especialmente demoledora. Esperaba con ansia sacarse el sabor de boca a martes llevando su mirada a los ojos de su hada. Aquellos ojos, le hacían a uno grande. Ya advierto, que en esta última frase, no se podrá encontrar rastro alguno de exageración. Dejó las llaves en el recibidor de madera de pino, una vez atravesó las puertas de su hogar, sintió un primer alivio. Aquel era el escondite donde el mundo se quedaba fuera.

Ella estaba allí. Vestía sencilla, de casa, pantalón corto, mezcla de hilo y algodón. El color rosa de este, combinaba con un rojo carmesí en la camisola larga que hacía de parte superior. Su pelo recogido parecía suelto, sus manos sujetaban un libro de no excesivo grosor, que pese a su autor había sido titulado como “Los cuentos perdidos”. Su cara sin pintar, limpia, con tan solo las marcas que dejan los buenos tiempos era una invitación a soñar.

Le sonrió. Como solo ella sonreía, parando el mundo, haciendo silencio entre los ángeles q no se atrevían a pasar. Con la mayor de las fuerzas de su parte, la fragilidad perfecta. Honesta, pero sin palabras, le interrogo sobre su ánimo. Lo detectaba gastado. Era frecuente, no se conocían de hace demasiado, pero se saltaban habitualmente los verbos para preguntarse ¿Qué tal estás?

Él colocó en un segundo miles de minutos para detenerse a mirarla. Se supo con suerte. No era guapo, ni feo, y su atractivo no pagaba con solvencia las caricias recibidas. Su pecho latía con fuerza, el vacío parecía llenársele solo con aquella presencia. Hizo de aquel momento recuerdo, para siempre, y uso la voz para responderle, ronco, gastado, sereno, consciente, seguro de que sus próximas tres palabras, les harían volar...

- Escapémonos del mundo.

viernes, 3 de junio de 2011

Cuando la luna se acuesta sin mí

Suelo perder las apuestas, cuando la moneda es una copa de vino, mi alma, una lata de hojalata, y el motivo, ese nombre de mujer.

Soy de los que de ponerse, se ponen a favor del que pierde, por el simple hecho, de que no me gusta perder. Hay ocasiones en las que me hago tan pequeño en los triunfos pasajeros que acabo por no encontrarme, y cae la luna, y no está usted.

Fuerte, grande, gigante, y enorme en la derrota que me supone tener tu boca tan lejos de mi boca. Debe ser así, me dice la noche cuando acurruco tu ausencia en el hueco de mi almohada.  

Asé es como sé, del beso que me entusiasma. Con la idea, con el pensamiento, con el cuaderno lleno de los lunares de tu cuerpo.

Así es como sé, que de todas las cosas en las que creo, a ti, aunque te sepa, no te debiera de creer.  

Soy de cuentos, es cierto, y poco me importan los que busquen en estas letras parte de mis perdidas. Sé, por esencia, que hay más finales felices después de comer perdices.

Sé que no debiera poner en papel, lo que sucede una vez que el reloj pasa de las doce.

Me interesan las fracturas, los recovecos, la limpia rutina de no tener presa la forma de ser, los locos, los cuerdos domingos donde me prometo no volver a ser quien seré el próximo viernes, y esa historia interminable de quererte aunque no te pueda querer.


Todo esto, y lo que me guardo, cuando la luna se acuesta sin mí.

miércoles, 1 de junio de 2011

¿A qué sabe una fresa?

Pregúntame un amigo, no sé de dónde o como lo sacó, ¿a qué sabe una fresa?...
Y me desmonta, me rompe la pieza que me falta. Me pone en alarma las dudas, me levanta la falda de los sustos, me recuerda que por mucho que quiera, no tengo letras para las juntas de aquello que solo junta el corazón.
Soy sencillo hoy, para aprender que el sabor lo pone uno mismo. Para esto me sobran los párrafos. A las preguntas concretas, creo conviene, dar respuestas exactas.
¿A qué sabe una fresa?
A fresa, sin duda.  
Pruébela y olvide que existen las palabras.
Pruébela y sepa, que todo es uno.