viernes, 22 de julio de 2011

Aquello de Don Alonso Quijano y Don Quijote

Partiremos desde el corazón de la historia, donde no sita el principio.
Del lugar de donde soy, hoy no quiero acordarme.

Respiré al aire de las rutinas el tiempo imprescindible para no dedicarme a ellas en exceso. Suele bastarme en la taleguilla un par de ducados para pan y vino. Lo aprendí de los libros de caballería en esos tiempos donde ya no quedaban caballeros y las damas habían dejado de ser un misterio. En aquellos compendios de hazañas y honores encontré un sujeto extraño para el cual no tenía aún predicado.
Había hallado princesas.
Cierto que parecen molinos lo que son gigantes, o viceversa, ya ni siquiera lo recuerdo entre fiebres. Lo seguro, es la marca de mi lanzada en el ladrillo del toboso, como firma, como registro de aquella vez, en que totalmente cuerdo, decidí ser un loco.
Hoy la cuerda me la pone Sancho, el panza, el bueno, el local, el que me hace bajar el vaso por estatura cuando reunimos condiciones suficientes para brindar. Me miente de veras o según convenga, con la razón de su parte, siempre encuentra argumentos para recortarme las alas  a mi creencia. ¿Quién le combate las lógicas con Dulcineas?
Cerca me rondan, barbero, licenciado y cura. Se pierden en mi mirada perdida, parece que los años no son suficientes para saberme. Buscan el camino de mi montura, sin saber que en mi escudo, mi lanza, mis fracasos, mi verbo y mi barba tengo los pasos.
Fue el caballero de la luna quien me puso en cintura, o quizá fuera un sueño, prefiero que no me alcance la memoria para traerme de nuevo su rostro. Me perdona la vida, pero me quita la forma de mirar a un mundo que ya no puedo mirar. Colgar en mi percha ideas y calzas me deja sin cinturón.
Rocinante espera afuera sabiendo que no volveré.
Es la pena flaca de intereses, que me cuelga fiera del cuello, es el cordel de la guadaña, es morirse de pensamiento…

Me venzo, me pierdo, enfermo…
Gracia de Dios, rezarán los libros, de quien quiso ser Don Quijote y acabo siendo Don Alonso Quijano.  

martes, 5 de julio de 2011

Papel


A esas alturas del partido, uno sabe, que si ya no ha cogido equipo, le toca ser arbitro.  Mala pata, escriba como lo escriba, toca serenata de pitos.

Pero pasa que un día cualquiera, como bien pudiera ser este, te da por tirar los papeles, de creyentes descreídos parece todo tan lleno que conviene ponerle pilas al marcapasos. ¿Por qué no inventarse que uno aun cree en las canciones? ¿Por qué no apostarse a que uno volverá a reír de veras?

Tocan tiempos para tocar con las manos lo que es de tocar con el alma. No digo, tirar la toalla, digo más bien, secarse el sudor y poner el timón rumbo al punto de partida. Esto no pueden ser más que palabras, uno sabe, pero también una intención, una de intuiciones donde se adivine la luna callada, la noche quieta, tus ojos en penumbra, mi quebradero quebrado en un beso eterno.

No toca hoy buscarle razones a la piel de gallina, a tus ojos verdes, que sea, porque así el cuerpo lo quiere. Asumido esto, pensarse en todo, sin pensarse en nada. Ser, por ser, como ser, sin tenerse tan en cuenta que al mirarse uno, desaparezca el resto del mundo. 

A galopar, diría Alberti, A galopar, hasta enterrarlos en el mar, los recuerdos del puerto cordura, la calle de la amargura, las manchas en el pelo del diario con gachas, la fabrica de desesperanzas., la avenida de las perdidas.

Y todo por este papel, que enfrentado me pide que venga consentido, que le cambie los espacios en blanco por caricias, que le aproveche los párrafos, que en su lomo se escriba la mejor carta del mundo, que no me equivoque, que no le ponga tantas comas, que le guarde un podo de gracia a la forma en que digo que esto es un primer paso.

Y a este papel, es al que pido disculpas, por no llegar a merecerle como creo merece.

Y en este papel es donde dejo un te quiero, para quede, para que sea eterno.