viernes, 12 de agosto de 2011

Socio del Viento

Firmé tratado de paciencia con un soplo, de viento.
Justo el mismo, que nunca, acababa por dejarme lo suficientemente cerca de tu labio.
Firmé tratado de paciencia con un soplo, de viento.
Lo hice con el sauco de las rodillas intacto, pese a estar a punto de la quiebra.
El levante, me había volado dos años y me había dejado la boca, toda llena de aire.
Aparqué los tifones en la acera, y rubriqué contrato con la firma tranquila, a pluma y tinta estable, libre… yo.
Alas, de nuevo, Alas…
Y aprender por primera vez
la diferencia entre brisa
y ventolera…
Entre aquilón
y siroco,
entre tus labios
y los labios de las quimeras…

Alas,
viejas como nuevas
y unos ojos cerrados
llenos de corrientes,
y un ráfaga que ahora si
me acuesta en tu labio.

Alas,
y una carcajada tuya
que cae, que queda

Alas,
y el sueño
de querer volver
de la luna
a esos ojos
color aceituna.

   Fdo.
Un socio del viento.

viernes, 5 de agosto de 2011

La autoridad, el ser humano y los hombres de azul

Se me torna acida la lengua, la pluma y hasta los dientes cuando me llevo al papel los diarios en lugar de los sueños. Cuento con eso. Trataré por tanto de escribir más con cabeza que con tripa, sin tirar en exceso de instintos, y sin acordarme, aunque obliguen las ganas, de la madre de nadie.

La simbiosis entre la autoridad y el ser humano es, de los miedos que contemplo, uno de los más insondables. Sin recurrir a la historia, me basta la experiencia, para saber que cuando los hombres se visten de azul pierden las líneas de la frontera.

Admito que no creo en los uniformes, sean del color que sean, pero si a estos les acompaña la presunción de veracidad, mis temores se multiplican. De los libros donde aprendí, en ninguno creo haber leído que la verdad se regale con placa y pistola.

Y su voz, sea lo paleta que sea, parece valer más que la del panadero, que la del administrativo, que la del camarero, que la del profesor de filosofía, que la del escritor de cuentos.

Yo me niego, por mucho que al hortera de turno con las botas por fuera le moleste.

Y aunque pudiera equivocarme, la gente honrada, a ellos, cuando no están, les llaman; polizontes, maderos o pitufos. También, botones, tamarindos o picoletos… y calimeros, aceitunos, judas, guripas o beneméritos. Los abuelos aún les dicen grises recordando los moratones de los huesos, y otros pasma, y bofia,  y tira, y yuta, y siempre acaban con aquello de hijos de… (más con cabeza que con tripa).

Quizá, aun sin presunción de la verdad, la gente sencilla tenga sus razones para tanto sinónimo.

Diría William, que época tan terrible esta, en que unos idiotas conducen a unos ciegos.