viernes, 30 de diciembre de 2011

Retrato de un Sueño

Cuenta su cuarta y media melena con un negro inadmisible para la altura de mis letras. Azabache de abismo para el que cualquier adjetivo se queda infante. Y yo, que solo obtengo sorpresas en la tinta de la pluma cuando le desborda el rizo domado que parece anochecido por el paso del tiempo, soy su testigo.
Tiene el semblante inquieto y sereno, con el justo punto de brío que le da el equilibrio necesario para hacer de los imposibles, posibles. El flequillo no roza su frente, la acaricia, la engrandece, la presenta.
Mujer con cara de niña, como de porcelana triste, rostro claro que parece tener de su lado los duendes invisibles. De ojos tostados como café. Profundos. La mirada es de tristeza rabiosa, precisa, despistada, perdida, delicada. Vienen sus ojos del alma, de ser de aquellas personas que se saben perdidas en el mismo momento en que acaban de encontrarse. De muchacha los parpados cuando se cierran y se hace el silencio.
Suave tiene la palabra que se desliza con carácter de lluvia. Habla despacio, con tono bajo, sabe que sale más a cuenta vestir las letras con Do si se trata de razones (guarda muy secreto el Si para las pasiones). No presenta dogmas, ni mandamientos, ni engaños, ni literatura fina, ni se cierra sus propias puertas, ni se abre exceso de caminos, ni cuenta las victorias con las manos, ni se capitula en sus derrotas. Su voz es el esmalte que te rompe la cordura, la fragilidad irrompible de ser más humano que persona, algo parecido, para que ustedes me entiendan, a la mezcla de sonidos y texturas que se dan en la roca cuando en ella muere el mar.
Y después…
Su forma de estar callada.

Un sortilegio parece, cuando enmudece pero está, cuando te cuenta silente que se aburre y te pide que le acompañes al país del nunca jamás. Cuando el mundo se para a su señal, y te avisa su risa que has llegado a un lugar secreto. Tiemblas entonces, hasta en sitios donde no sabías temblar.  Sabes que es justo el momento en que no habrá marcha atrás, ya eres suyo, ya has puesto precio a tu alma, que no vale más que uno de sus besos, que no vale menos que un cuento con los lunares de su espalda. 
Respira hondo, hinchando el pecho, convirtiendo la respiración en suspiro. Las ideas, las tiene como de juguete de niño. Se le dan bien las malabares, matricula lleva en el expediente de pensar lo repensado, de cambiarte un axioma por una quimera, de reinventarse, de demostrar con la más absoluta de las simplezas, que lo salado, no siempre sabe a sal. Si la vida le da la vuelta, ella, simplemente, abraza en otro sentido.
Besa con la boca entre abierta, como guardándose el beso, como prometiendo que habrá segunda parte, como aprendiendo a tocar como instrumento, la voluntad. Late entonces el pulso tan lento que uno se cree en el cielo. Sonríe siempre después, mientras tú llegas al fin del misterio que aún, no quiero adelantar. Repito;
Tiene cuarta y media melena de negro imposible, azabache de abismo, el rizo domado, anochecido, tranquilo y sereno…
… De ojos tostados como café. Profundos. De mirada triste contenta, de niña los parpados, de silencio la mirada…
… Suave la palabra, con carácter, Do de razones y pasiones en Si. Voz de porcelana, frágil, de texturas de espuma…
… Las ideas de juguete, los dogmas sin dueño.
No queda ya duda posible, su nombre, es sueño.
¿Y quién quiere ahora despertar?

viernes, 16 de diciembre de 2011

Un Cuento Diferente


Elena Rodríguez. Nunca olvidaría ese nombre. Era perfecta, de pelo rizado, como bañado por el sol cuando despierta. Simétricas, a ambos lados de su pequeña nariz, tiene las pecas mas perfectas que Dalí pudo pintar. Los ojos de bronce y una bata blanca. Ese día, que Mikel no podría olvidar, llevaba la sonrisa diferente.



- Cáncer, -le dijo´… lo siento, pero es cáncer.

Mike rio, mientras una lagrima cruzaba su despuntarte barbilla. Su cara era el rostro de los términos medios, tan triste como alegre, tan recio como endeble, tan lo mismo y tan fuerte…

Y Elena, veterana de las malas noticias, lo miraba perpleja. De lo que aprendió nunca tubo en sus madejas tal respuesta. Sus ojos tan negros como falsas perlas debieran tener ajados los cuervos de la desesperación. Por el contrario, había miel sin pedantería, gracia, lealtad, el capricho del niño que aún no ha aprendido donde esta la línea que separa el bien del mal.

De los sentidos del humor que conocía Elena, dominaba con más frecuencia el de la compasión. Sin embargo Mikel Rekarte aun con esa mirada fija en la incertidumbre, era un sentimiento indescifrable.

De pronto se encontró con la necesidad de derrotarse, no está demostrado en absoluto, que la victoria no venga de bajar las armas. Lo miró, sin ver a un paciente, y olvidó la camilla, y su blanca bata, su pelo de amanecer, su interrogante de mirada, los adverbios de negación, y recordó de pronto el hechizo de conversión, que convierte en palomas las barras de la galera.

No le pudo más, y preguntó: ¿Acaso no estás triste?


El respondió; - Te derrotas para hacerme mas fuerte, ¿acaso no te das cuenta, que me he enamorado de quien me ha dado a conocer la muerte?