miércoles, 18 de enero de 2012

Ser Político

Hoy me levanté con la conciencia intranquila, harto de estar harto, cansado, mirando por la ventana el frío de un miércoles que dejaba helado la periferia de Madrid.
Anticipo que ni impongo, ni me gusta jugar con quimeras, por lo que den solo a este texto la validez de quien opina que ser político, es ser ciudadano.
Que no funciona el sistema capital democrático indirecto creo que es palpable, hablen con sus conciencias, solo eso bastará. El esperpéntico espectáculo consentido de bancos y caja de ahorros es una vergüenza, el precio de los suelos de los municipios más variable que las condenas de un preso nuestra ruina. A estos y tantos otros hechos para lo cual yo no tengo ganas, ni ustedes probablemente tiempo, tenemos como respuesta palas llenas hasta la saciedad de tierra, para tapar el uno al otro y el otro al uno. Hoy por ti, mañana por mí, que ya eso de las izquierdas y las derechas son cosas del pasado. Y al pueblo, al estado, no se lo toca en exceso, pero al individuo se le saquea con el diezmo de la multa, esta por aparcar y pasarte diez minutos, está por respirar, esta por tardar en pagar una multa que nunca se ha enviado. Nos fríen señores, quieran admitirlo o no puedan. Uno por uno somos un insecto, un autónomo reclamando lo que le corresponde a hacienda. Los ministros son los nuevos validos del rey, y los ayuntamientos los nuevos terratenientes que hacen de las tierras de los pueblos sus cortijos.
Lo vemos, no digan que no. Lo vemos a diario. Que si trajes, que si rameras, que si al yernísimo se le ha caído algo dentro del bolsillo, que si te cedo el suelo para que me levantes cien pisos, que si me das, que si te quito, que si quiero, que si tengo, que si paso, que si voy, que si yo nunca he venido, que si yo solo pasaba por aquí… Lo vemos, no pueden negarlo, tiren de hemeroteca, jueguen con ella a la lotería y encuentre cualquier día del año, un caso de corrupción, un suceso de salvajismo político, un tocomocho, una puñalada por la espalda que nos cruje el bolsillo y lo que es peor, el alma. Nos prometen a cambio del voto que no subirán los impuestos, pero luego cambian la opinión, es necesario, y puede que hasta esté de acuerdo, ¿pero puedo yo cambiar mi voto como ellos las promesas? Son tantas las veces que donde dije digo, digo diego que hoy ya nos hemos acostumbrado. Callamos, agachamos la cabeza y seguimos con nuestras vidas.  
Pero no hay que alarmarse. Dentro de cuatro años, tenemos de nuevo todo en nuestras manos. Con todo, quiero decir que tenemos un sobre y papelitos (de colores, que no sea por estilo, ya que pagamos todos), un bolígrafo y varias opciones de las que solo valen dos. Porque nos hemos hecho cómodos, barrigones mentales, forofos de un partido que sin leer una sola línea del programa ya tenemos de antemano, de tradición, de niño, un color, un caballo fijo por el que apostar cada cuarenta y ocho meses.
Las ideas son nuestras, no son del centro derecha, los valores nos los hemos currado a pulso codo con codo cada uno de nosotros y las madres que nos parieron y tiren hacia atrás, y piensen en sus abuelos y abuelas, y en los de ellos, y los de esos, y los de mucho más allá que hacen que lo moral no sea propiedad del centro izquierda si no nuestro. Nosotros somos Estado.
Soy solo uno de los más de cuarenta y siete millones, solo un ser político, solo un ciudadano, como cualquiera que me lea. Pero hoy me levanté con la conciencia intranquila, harto de estar harto, cansado, mirando por la ventana el frío de un miércoles que dejaba helado la periferia de Madrid y pensé que era el momento de escribir con mayúsculas, BASTA YA.