jueves, 10 de mayo de 2012

La Renta

Antes de invitarles a que me acompañen por estas palabras, les advertiré de que no soy objetivo. Y tampoco lo pretendo, no engaño. De los sitios que pudiera frecuentar, este, se parece mucho a un hogar.

Sus manteles de ajedrez mueven pieza primero, mientras uno aún no acaba de darse cuenta, de que ha entrado en un lugar especial.  Se debe empezar por la barra, donde la caña es perfecta, de golpe y buen tiro.  Aceitunas y ensaladilla acompañan los verbos, Ahora que el alma parece estar contenta y el cuerpo va haciéndose lugar entre amigos y susurros, uno parece conseguir olvidarse que hay un mundo esperando fuera. Las yemas notan el sabor a madera vieja, y tras las voces si uno gusta, puede sentir música con sus seis letras completas.

La Renta hoy, es un lugar que en su día fue un sueño. No es cosa baladí, hoy que los sueños se venden en pack de tres, en ofertas de internet, enlatados en un llevese dos y pague tres. Lo es, por el trabajo con ganas, por el excelente mimo de una idea, por hacer del arte escuela y sin olvidar lo aprendido llenarse hasta arriba los bolsillo de sed por seguir evolucionando.

Con el vino, sentido y paladar empiezan a escribirse en mayusculas, habrá quien aún no se de cuenta, pero uno ya empieza a encontrarse un pasito más cerca del restaurante que hay en la esquina de la avenida principal del cielo, justo frente a la rotonda donde damos vueltas los que aún no tenemos ático en el paraiso.

Puedes elegir Mallorca, a doce voltios por segundo, uno parece sentirse mejor, aunque hay Somontanos, por supuesto Rioja, Riberas y hasta tintos reveldes de Cadiz que quieren ser tan gigantes como los molinos del norte. Creerlo imposible, de una uva, de su caldo a la Baco, sale un sonsorada mejilla guardían de los ojos que te miran. Pudiera ser cabernet, o bienvenida de la mesa más redonda que pudiera parecer merlot, amanecienda tal tempranillo, de la ira novelada cuando bien nombrada es sira, quizá fuera que pudiera ser que fuera una pinot. El caso es que la naríz sale en el proceso “colorá”, y a uno se le llena el vaso del alma de esperanzas.

La carta viene con sorpresas, con ensaladas que saben a mojada hierba, con fantasías para el pan y el tomate aunque en madrid les salga a la catalana, con un cuento que habla de pamplinas, de las setas donde viven los duendes, con xanas confitadas, con tirabeques al dux de una legión romana y evoluciones de huevos que se escriben con tinta negra.

Vienen las mesas entonces sencillas vestidas de complejos triunfos, dulces con salados, amagos de amargos que no amargan, picantes que no molestan, el mar con la tierra en unos centímetros de plato cuadrado con magia.

Quizá digan algunos que es un lugar cualquiera, quizá, gente con mal gusto la vi en todas las fronteras: Pero si el azar o la suerte, allí les lleva, háganme caso, relájense, cuiden de disfrutar la compañía y déjense llevar por un lugar construido por personas que siguen soñando.

Y todo esto, no vale lo que vale en monedas.