miércoles, 8 de febrero de 2012

Insert Coin


Será en sábado de febrero, en Boadilla del Monte, en el escenario del Rock and Play donde pondrán al desnudo sus talentos un grupo de cinco. 


Aviso que soy partidista, como lo soy de todo aquello que merece la pena. Y esto lo merece.
Doy fe. 

Manejo información privilegiada. Aprendí en sus tanteos que la música sin ser oficio, también es trabajo, que se puede hacer arte en el combinado de amigos y guitarra, y batería, y bajo, y voz, y que hay lujo aún sin discográficas, aunque sean de sonrisas, de guiños, de un abrazo cuando un abrazo hace falta, de música sin conservantes, de tocar por sentir.

No me dieron las genéticas los juicios del oído necesarios me podrán decir. De ritmos, solo entiendo los de las palabras, para creerlo solo hace falta oírme cantar. Sin embargo, me dio la suficiente sapiencia el corazón, el instinto y alguna que otra noche de ensayo para saber que estos, la tocan de puta madre. 

Percusionado mi hermano, pone en las baquetas (se alegrará de saber que sé escribirlo aunque no sepa decirlo) ese alma indomable que también les recomiendo, para las emergencias hay un doctor en el bajo, el Dr. Andrés, y una caricia hecha mujer por guitarra, Elena se llama. Puntea Nestor, al que poco conozco, y al que ya admiro los dedos. A la voz, justo a un paso del vértigo que debe de dar el proscenio, tendrán ustedes un autentico privilegio. De las cosas que tienen precio en la vida, no muchas valen tanto la pena. Decir Noemí, es decir cuerdas vocales cuando estas, están llenas de emoción. 

No es menester de este que les escribe el hacer propaganda y por tanto no la hago, pero que cojones, estimen o no estimen estas letras, vayan, pasen y vean, disfruten y llévense los bolsillos del sábado llenos de música sin espinas.

Aunque ni falta que les hace.
Yo les avalo.

martes, 7 de febrero de 2012

En sus bolsillos

Se levantó Pedro perdido. Aún era noche y mañana al mismo tiempo. Se anduvo el pasillo sin un solo pensamiento desde su cama hasta la cocina, preparó café. Espeso. Solo.
Aún no había soltado las amarras del sueño, pero aunque todo estaba igual, todo le parecía distinto.
Desayunado, visitó el vestidor. Eligió fácil, pantalón negro, camisa blanca. Aún seguía el frío cobrándose en el aire pieles de gallina, por lo que reforzó el torso con una falsa chaqueta para cubrir las carencias del abrigo. Zapatos, guantes, bufanda y sombrero. Todo negro. Para un martes de febrero opto sin elegirlo por lo sencillo.
Sonó el despertador con él despierto. Lo apagó. En los últimos tiempos que recordaba, no estaba de paz con el descanso. Dormía poco, generalmente mal, y aunque nada malo le pasaba, nada bueno esperaba.
En sus bolsillos las llaves del coche, separadas de las de casa. Un bolígrafo, descuido de la jornada de laboro anterior. La cartera, más vacía de lo que él quisiera pese a rondar aún las primeras semanas del mes. Una factura, doblada en cuadrados perfectos de la tintorería donde trabajaba aquella mujer que sin saber porque hacía que todo se supiera.
No es que no necesitase realmente de tintes, ni de planchados ajenos. Pero seguro, que no tenía suficiente de atrezo y galas como para visitarla una vez por semana. Al menos quedaba cerca de casa, resignose siendo este su primer pensamiento del día.
La factura era de ayer, justo de la fecha donde empieza a existir el olvido. La guardó sin mirarla al cogerla, la tanteaba mientras entraba al viejo mesón, allí en ese papel de tacto indescriptible, estaba su tacto.
Compartió fino tinto de la Ribera con dos amigos. Un lujo para su bolsillo, un imperdible dentro de las cosas que uno puede o no puede perderse. Se lleno de risas, y por momento, ganó el combate a la melancolía. Si fuera la vida cuestión de alistarse, que mejor que hacerlo a las trincheras de la barra de aquel bar, donde todo el mundo cabal calla lo que piensa cuando habla y no dice lo que le mata cuando bebe.
Allí, entre copas de olvido, dobló en perfectos cuadrados aquella factura que volvía a hurgarle el recuerdo  a la mañana siguiente. La arrugó antes de salir hacia el trabajo en una bola nada perfecta, nada era distinto, su segundo pensamiento. No volveré a la tintorería, su tercero, mientras hacía de dos la canasta en la papelera donde quedarían factura y bolígrafo.
Nunca se supo, que aquel papel rosa guardaba a lápiz un teléfono, y un secreto que le hubiera cambiado el mundo.
Nunca se debieran dejar al azar, las cosas que pudieran cambiarle a uno la forma de existir, primer pensamiento, en esta ocasión del que les narra.

sábado, 4 de febrero de 2012

Ciudad Condal

Puede que hoy, con las letras mitad en huelga de hambre, mitad en huelga de silencio, me quiebre demasiado como para escribir de amores. Pero que le cuente otro al corazón que no nos queda intendencia en el cajón de las palabras para estos párrafos, ahora que con él tengo por bandera la blanca, y por contrato, el libre albedrío.

Puede que hoy, con las vocales de permiso, y las consonantes huidas a manos más talentosas para la prosa, merezca más que nunca la pena de decir en papel, que me he enamorado.

Fue a la altura de un veintiuno de enero, con el sol recién salido de la cuna y el termómetro chistera en mano, haciendo del invierno primavera. Llevaba yo poco equipaje, algo de efectivo, mujer de lujo y la sorpresa guardada en los ojos… el resto, todo el resto, me lo puso Barcelona.

Aún con la maleta a cuestas se me escapó de la correa la ilusión, recién salido del metro de la Barceloneta, la vida ya te empieza a saber a azul. Cada paso te llena las huellas, y en el puerto, no muy lejos puedes ver como aún existe el horizonte que se olvida fácil en Madrid. Que mágico me parece que aún a mis setenta y siete desilusiones, aún cuando lo veo, no sepa distinguir donde acaba el suelo, donde empieza el cielo. Viceversas incluidas, el mar se pierde allí, y pese a que me acusen con razón de reiterativo, vuelvo a decir, que allí, la vida te sabe a azul.

En el Wella descargas el polvo que ya no hay en los trenes, firman pacto las manos con esas curvas que después de diez años siguen imposibles y te cargas de besos y caricias para pasar la tarde. La capital de Catalunya te espera, y sales, y en cada baldosa hay un trozo de cielo.

En el Gotic, te das por vencido si o si. Te pierdes por el simple gusto de perderse, para que tus caminos sean todos sus caminos, y te levanta la sonrisa la plaza de aire de la catedral, y te busca en el paladar de los sueños la caricia un tinto del Priorat, y te ves rodeado por gentes montando su día a día en bicicletas, por familias enteras en patines de linea, y te puede el silencio en las ramblas con sus mimos de plata tan quietos, y te llegas sin saberlo al mercado de los sueños, la Boquería, donde un puesto de fruta es un cuento, uno de chocolates la perdición de Grettel, y una cerveza con esos ojos verdes mirando lo mejor que existe.

Puede que hoy, con más comas de las debidas, con menos talento que emoción, y con los puntos suspensivos en venta, solo quiera decir, hasta la próxima, ciudad condal, hasta pronto, ciudad azul.