lunes, 31 de enero de 2011

Luz de Mujer

Como muero por robarte
el sol que se te enciende
para ocultar la luna.
Luz, que ya no me miente
reflejada en tus ojos,
ya no me dice vente,
ya no sueña con mi hierba mojada,
ya no me hastía el vientre,
ya no me viste con sable
y de cazador me entiende
ya no…

ya no me engaña.

viernes, 28 de enero de 2011

El Dilema de Sofía - Capítulo Final - La decisión

Sofía quiso gritar, pero no pudo. Se le unieron a las cuerdas vocales las ansias, y el alma se le atravesó en la garganta. A tientas saco del recibidor una vela, blanca, intacta. Con el encendedor la puso en marcha, creando a poco, una luz tiniebla. Quedó enfrente justo del espejo. Le cogió por sorpresa la palidez de su cara frente a los ojos. Fue entonces cuando lo vio, por encima de su hombro izquierdo, en la parte superior derecha del reflector. Allí, cerca de la ventana, y sin expresión, la observaba la figura de un hombre de cara distorsionada.
Supo entonces, lo que es el miedo.
David se acercó cauteloso de no asustarla más de lo que estaba, pero con la prisa de quien sabe que tan solo una hora, es el tiempo que le separa del cielo o el infierno. La expresión de ella al reconocerle se tornó más terrible aún. La mezcla de culpa, angustia, incredulidad, terror y una pizca de posible enajenación mental eran motivo más que suficiente para ello. Sin embargo, lo que ella no podía siquiera imaginar, es que esa misma expresión era la que turbaba el corazón de aquel hombre. Él jamás pensó, que pudiera provocar en nada, ni nadie, una reacción semejante.   
-          No temas, no he venido a hacerte daño…
-          ¿Eres tú?
-          Si. Yo soy.
-          Q.. si, que hac..   Lo siento… -consiguió decir entre sollozos -
Como un río que se desborda, las emociones le rompieron en mil pedazos. Sentía la culpa, la impotencia, la conciencia de saber que nada podía hacer ya para remediar su error. Si algún día el verbo llorar tuvo significado, fue en esa ocasión, en esos ojos. La garganta seca, y las cuerdas vocales anudadas le impedían decir palabra alguna.
-          Tengo poco tiempo, y no sé muy bien cómo utilizarlo. Sé lo que paso, yo no debería haber estado allí, pero estuve. Más que perder la vida de manera tan tonta, lo que no puedo soportar, es haber desperdiciado tantas oportunidades como las que he tenido para ser feliz. Necesito volver para pedir perdón a quien hice daño, para amar a quien no amé lo suficiente, para no perderme los días maravillosos porque no vengan vestidos con un traje de aniversario, para tocar la piel de Luna dando gracias por cada lunar, para soñar despierto, para saber vivir… Y te necesito para volver…
-          ¿Me necesitas?, ¿Qué quieres decir?
-          He llegado a un acuerdo. No es posible que los tres vivamos, uno tendrá que ocupar el lugar junto a ella –dijo mientras señalaba una figura con un reloj de arena recién aparecida al final del pasillo- . Tú decidirás quien.
Sofía secó las lágrimas de sus ojos, sabía que aquello no se trataba de un sueño, lo sentía. Miró a aquel hombre encarándola con incertidumbre en la mirada, recordó a su padre desde que la niñez hasta el día de hoy, se miro por dentro y dijo:
-         

jueves, 27 de enero de 2011

El Dilema de Sofía - Capítulo V - Equivocación

Aunque mucha gente no lo sepa a ciencia cierta, la Muerte, como cualquiera, se equivoca. Es cierto, que en cuestiones de conciencia, anda fundamentalmente a la pata coja o según convenga. De los puntos fuertes que pudiera, o no pudiera tener, desde luego este, no sería uno de ellos. No es sin embargo casualidad, para aquel trabajo, la conciencia es un lujo uno no se puede permitir. Su corazón es de fuego, y su beso es calmo, sereno, indoloro, tranquilo y eterno.  
En todos los tiempos se la quiso en exilio. Odiada siempre, escupida por los que la esperan, injuriada incluso por los que algún día de ella hicieron los colores de su bandera. Vilipendiada, mal entendida, juzgada y sentenciada al odio por el mero hecho de finalizar lo que casi siempre el hombre empieza.
La Parca, por muchos que algunos se empeñen, no tiene, ni inventó las armas.  
Pero incluso lo común a todos, no es perfecto, y Ella se erraba como cualquier otro. Con Lucio se equivocaría en dos ocasiones. La primera, cuando le cogió la prisa en aquel accidente con barranco y cuneta, y se llevó a la única persona que allí no debía estar. Un tal David. Sorprendida ante su error, decidió hablar con él.  .
-          ¿Porqué yo?
-          Por error… -contesto la dama cabizbaja, cansada de escuchar aquella primera pregunta una vez más-
-          No puede ser, debe de haber una forma de hacerme volver…
Relató entonces aquel hombre los capítulos tercero y cuarto de su vida. Le nombró a Luna, le dijo que ella aparentaba tener menos edad de la que realmente tenía, que sonreía bordeando la risa, que sus ojos eran castaños, que su flequillo irregular, que la amaba, coño, que la amaba, ¿que más razón necesitaba?
Le habló de necesidad, de que sin ella su alma se desgarraba y poco valdría, de los mil escalofríos que sentía con tan solo pensar que jamás sentiría su piel en las manos. Imploró, rogó, suplicó, pidió, exhortó, apeló, requirió y clamó hasta quedarse sin voz.
Aquella figura blanquecina le escuchaba con atención, y aún sin sentimiento, y fuera de todos los límites conocidos de la compasión, decidió aliviar su cansancio. Cansada de increpaciones, pensó que esta vez no le apuntarían a su bajeza, las bajezas humanas.
-          Un segundo – le paró– Hay una forma… Pero no depende de mí, sino de vosotros.
-          ¿Cuál? –murmuró David casi sin poder hablar por el resquicio de esperanza –
-          Te dejaré volver una noche, una hora, y aquella persona a la que fui a buscar, deberá ocupar tu lugar
Acordaron acuerdo y trámites. Ante la borrachera permanente de aquel que debió ocupar su lugar, y sabiendo todos que el licor hace que cause baja la razón, la muerte permitió que Sofía fuera la voluntad de su padre.

miércoles, 26 de enero de 2011

El Dilema de Sofía - Capítulo IV - Argómaniz

Al doblar la rodilla, Luna sintió una rigidez exasperante. Hace solo unos días que el traumatólogo le había diagnosticado bursitis. Aquellas extensas rutas que hacía a menudo con David, le habían derivado a aquella lesión. Quien se mueve, tiene más riesgo de herida, que quien asienta el culo a diario en el sofá, pensó ella. La falda de color arena le tapaba con gracia de la espinilla a la cadera. De un discreto vistazo, observó que se le había enrojecido la articulación, pero de momento solo eran molestias.
Aquella contrariedad no vino sola, afortunadamente. A su cabeza le trajo un recuerdo, un buen sabor de boca y una sonrisa. El fin de semana anterior vino a su mente. A pesar de que se iniciaran los trabajos del restaurante el lunes, ella había decidido realizar el viaje a Bilbao el viernes. Podría adelantar trabajo sobre el estudio de mercado que debía hacer, y le interesaba especialmente ver cómo funcionaba aquella zona en fin de semana.  
Pero los planes son tan solo eso, planes, y Luna ya sabía lo suficiente de la vida como para entender que un línea en un mapa, solo es una línea. Así que cuando David se presentó allí ese mismo sábado con una sorpresa de no aniversario, no dudó un solo segundo en aparcar el trabajo y aceptar.
Había reservado esa noche en el parador de Argómaniz, a poco más de sesenta kilómetros de donde ella estaba, pero ella no lo supo hasta llegar. La llamó al móvil para ver donde estaba, la pidió que bajara a la puerta del hotel que le pagaba su empresa con una pequeña maleta con lo básico para una noche y medio día. Allí estaba él, sonriente y sin que el exceso de kilometraje le hiciera huella en la ilusión.
Al llegar, se sorprendió. El palacio renacentista hacía de rey para la habitual belleza de la llanura alavesa. Habían visto la sierra de Gorbea, y el pantano de Ulibarri. Una vez dentro, se quedó absorta en la historia de los muros de aquel lugar, y no le extrañó en absoluto, que Napoleón repusiera fuerzas allí antes de su asalto a la ciudad de Vitoria. La madera era el principal aval del mobiliario y de aquel restaurante al que los años habían dotado de magia.
Cenaron allí mismo. Al recuerdo le vinieron los platos uno tras otro. Empezaron con unos perretxikos, aquella seta de primavera era deliciosa. Se siguió con un Bacalao al Club ranero perfecto, para terminar con goxua de postre. Regaron la velada con una botella de un buen blanco de Luis Cañas del 2008. Con aquel sabor a fruta madura aún en sus bocas soñaron futuros de la mano paseando por el entrañable pueblo de Argómaniz. 
Supo entonces que aquel lugar, quedaría grabado en su corazón, y que aquel hombre, ya había grabado a cincel su nombre en su alma.
Rompió todos esos pensamientos el sonido de un mensaje. Curioso el destino. Aquel mensaje de texto era siemple, sencillo, escueto. Tan solo, un te quiero. Ella, tras desanudar el nudo en la garganta respondió a la vez que un escalofrío que no llego a entender le recorrió el cuerpo de pies a cabeza. 

martes, 25 de enero de 2011

El Dilema de Sofía – Capítulo III – Yo también te quiero

David se levantó aquella mañana como si fuera una más. Puso la cafetera al fuego, mientras abría una bolsa de magdalenas que su mujer había hecho hace algo más de siete días. En el armario más cercano al frigorífico de color plateado cogió una de las tazas grandes. Le gustaban. Desde hace unos años que las coleccionaba de todas las formas y tamaños posibles. Eligió una sencilla, de color blanco, con el borde donde posar los labios marcado en rojo. Una vez dispuesto el desayuno se sentó en el mismo lugar de la cocina que siempre utilizaban para desayunar. Pero le faltaba algo, su mujer, llevaba ya un semana en Bilbao donde abrían un nuevo restaurante de la franquicia para la que trabajaba.
Sacó la foto de la cartera, después de dar buena salida a dos de aquellos bizcochos caseros empapados en café. El rostro de Luna ocupaba todo el retrato. Aunque últimamente aquel nombre parecía haberse puesto de moda, cuando la conoció, no era para nada habitual. Ella tampoco lo era. Aparentaba tener menos edad de la que realmente tenía. Sonreía bordeando la risa, sus ojos eran castaños, su flequillo irregular. Destacaban dos pendientes en forma de aro, su tez era suave, especialmente en su hombro izquierdo que descubría con gracia con tan solo un tirante como escudo. Pensó entonces mucha suerte. Que una mujer así se hubiera fijado en él ya era un éxito, pero que además le quisiera por tanto tiempo, podría decirse que era hasta un milagro. Ya no la quería como el primer día, ahora la amaba más que a su propia vida.
Quiso llamarla, pero sabía que estaría ocupada y no quería molestarla. Le mando por tanto un mensaje al móvil, escueto, simple, sencillo. Para lo que quería decirla, sobraban las palabras. Solo usó dos. Te quiero.
Guardo la cartera, cogió algo de dinero y decidió bajar al pueblo para comprar algo con lo que poder hacer una cena al día siguiente. Ella volvería esa misma tarde. Decidió bajar andando, aquel paseo le sentaría bien, no eran más de veinte minutos y no compraría demasiado. Quizás algo de jamón ibérico, un poco de foie, pan y vino de Ribera. Con eso bastaría. Calzó sus botas bajas que usaba normalmente para sus caminatas y salió a la calle feliz.
Andaba ya cerca del barranco cuando vio que un coche se acercaba. Prudente, se aparto del arcén y bajo el ritmo de sus pasos. En aquel coche iban una mujer joven y su padre. Se dibujó una sonrisa en su rostro. Ella se alegraría cuando le dijese en la cena que por fin estaba convencido para dar el paso y tener niños. Estando a su altura, incompresiblemente, el coche dio un brusco giro dirigiéndose hacia él. No tuvo tiempo para reaccionar.
Sonó a la vez que aquel vehículo se lo llevaba por delante el sonido de un mensaje. Aquel texto que no se leería nunca, también era escueto, simple, sencillo. Tan solo decía, yo también te quiero.

lunes, 24 de enero de 2011

El Dilema de Sofía – Capítulo II – Sol y Sombra

Lucio pidió, de nuevo a cuenta, un sol y sombra más. Había perdido la suma al sexto de los vasos, aunque más que eso, había dejado en la barra de aquel típico bar, todos y cada uno de sus recuerdos. Aquel era su sexto día ebrio, el primer lunes después de dos días que no iba a trabajar. La barba le ganaba desordenada el cuerpo a cuerpo a la piel de su rostro. La ropa descuidada le traía sin cuidado, de manchas el pantalón de pana, de hedor el jersey de rombos desdibujados.
A primera vista, cualquiera hubiera dicho de él, que bebía para olvidar, sin embargo no era el pasado lo que aterrorizaba a aquel espigado andaluz de más de metro noventa. El miedo residía en el futuro. Justo en el día de mañana, se cumpliría una semana de que le hubieran diagnosticado un cáncer terminal. De dos a tres meses le dieron, sin saber, que no el tener futuro le hacia no querer presente, no sentir pasado.
Sofía, abrió la puerta del Bar El Cachirulo. Su falda era de tubo, pero cómoda. Sus botas de ante, marrón claro, dirían los mas pudientes color garbanzo. Su tristeza era de órdago cuando ante sus ojos, al principio de la barra, vio a su padre tambalearse por tercera vez consecutiva. Se acerco tan dolida como vencida hacia él. Ninguna de las promesas de la noche anterior había sido cumplida, lo abrazó mientras lloraba sin derramar una lagrima y con más tacto del que le pudiera quedar lo sacó, mientras recibía una tras otra, la misma protesta.
- Hija, solo una más.
En poco más de media hora, consiguió lo que era cosa de no muchos segundos. Abrochó ambos cinturones de seguridady con la misma frase anterior una vez en sus oídos, arrancó el coche. Le miró mientras conducía por las calles desiertas del camino mal asfaltado que terminaba en su casa. Realmente quería a ese hombre, o al menos, lo que quedaba de él.
-          ¿Por qué padre? – le interrogo con ternura
-          Hija, solo una… un… una más
-          Por favor… -sollozó- , yo sola no puedo, me prometiste que lucharíamos los dos. Papa… por favor
-          Una más… solo un…
-          ¿Para qué? – le grito por primera vez mientras abría la cancela de las lágrimas
-          PARA OLVIDAR QUE MUERO…
Al mismo tiempo que Lucio mordía con rabia el silencio, se estiró. Su robusto brazo izquierdo, agarraba el hombro escueto de su niña. Con la mano derecha, apoyaba para ello el peso de su cuerpo en el volante. Sofía no puedo contralarlo, giró brusco, tanto que las ruedas delanteras se bloquearon. Sin control, el Seat Ibiza de color blanco se fue sin remedio por aquella cuneta que daba a un pequeño barranco. El coche cayó, llevándose a su paso a hija, padre y David.

viernes, 21 de enero de 2011

El Dilema de Sofía – Capítulo I - Insomnio

El reloj de pared de la cocina apenas marcaba las ocho de la tarde cuando ya la noche parecía inagotable. Una vez más se había quedado sin pilas. Una mesa pálida sostenía paciente una taza de tila humeante mientras dos pastillas de valerianas parecían huir de su recipiente. El rastro de cenizas cobrado en el incensario, explicaba porque toda la casa olía a sándalo, pétalos de rosa, alcanfor y jazmín.
Sofía había tomado por abrigo para la fuga de su cama una bata de felpa. Le llegaba muy cerca de los gemelos, a cuadros rojos y negros, no hubiera hecho afecto con ninguna de las casas de moda del momento. Sin embargo era la perfección echa prenda para aquel invierno tan cabrón.
Sus manos temblaban, mientras sus ojeras jugaban una mala pasada a su agraciado gesto. Aún quedaba tiempo para intentar dormir, pero solo la idea de intentarlo le aterrorizaba. Era la tercera vez consecutiva en el que el juego de sombras y sonidos extraños le ganaba la partida a la cordura. Apagó repentinamente el ipod mientras sonaba SevenDays, no dejó a Sting acabar la frase donde llamaba a su rival, Neandertal.
El sonido a silencio la volvió a horrorizar, pero la música ya le estaba haciendo de peso negativo en la balanza de su equilibrio. Las notas del inglés no le dejaban escuchar lo que no quería oír. Pensó, que puestos a tener una amenaza, mejor saber cuanto antes de que se trataba. El caer de un plato la sacudió como una estera de arriba abajo. Se llevó la mano izquierda cerca de su boca hasta que pudo sentir su acelerado aliento. Miró a la derecha, detrás, al lado contrario, viceversa y vuelta a empezar. No se veía nada aparte de que lo que se tenía que ver. Su corazón latía a ritmo de ataque.
Al igual que las otras dos noches anteriores, tuvo claro, de que no se trataba de las trabas de la soledad. Hacía dos años que tomo esa decisión y contra de arrepentirse, pensaba que el tiempo había acabado por rendirse y darle la razón. Cogió su taza comprada en Carnaby Street con la tila caliente y dispuso sus andares hacia el salón, una vez hubo satisfecha, multiplicada por dos, la dosis justa de valerianas recomendada. No la tranquilizó.
Justo en el umbral del pasillo, le sorprendió un escalofrío. La corriente de aquella estancia cerrada, agitó el pelo castaño que le caía por la espalda. Algo parecido a una sombra pasó a su vuelta, pero nada pudo ver. Aquella velocidad era imposible. De golpe, y acompañadas de un tremendo crujido todas las luces de la casa se apagaron. La tacita londinense fue directa al suelo para hacerse mil pedazos, el líquido aún caliente no llegó a tocar sus pies desnudos.
Sofía quiso gritar, pero no pudo. Se le unieron a las cuerdas vocales las ansias, y el alma se le atravesó en la garganta. A tientas saco del recibidor una vela, blanca, intacta. Con el encendedor la puso en marcha, creando a poco, una luz tiniebla. Quedó enfrente justo del espejo. Le cogió por sorpresa la palidez de su cara frente a los ojos. Fue entonces cuando lo vio, por encima de su hombro izquierdo, en la parte superior derecha del reflector. Allí, cerca de la ventana, y sin expresión, la observaba la figura de un hombre de cara distorsionada.
Supo entonces, lo que es el miedo.

jueves, 20 de enero de 2011

Una mañana cualquiera

A pesar de estar en vela a tan temprana hora, aún quedaban demasiados rastros de sueño sobre el cuerpo, que evidenciaban que Roberto no había despertado aún. Era una mañana cualquiera, sin embargo el humor, el bueno, estaba de su lado. Preparó té, mientras sonaba I must be saved de Madeleine Peyroux. El sabor de los lunares de Esther aún perduraba en su boca. Lo saboreó. Ella dormía.
Sorbió de la taza cuidadosamente por miedo al exceso de calor. Un humeante hilo que salía seseante de la taza daba pistas que había sobrepasado el tiempo correcto para que no llegara a hervir el agua. Pese a su cuidado, se quemó. Curioso el ser humano que a pesar de las evidencias tropieza, pensó. Era lunes, pero festivo. Así, el cuerpo asumió enseguida la piel de domingo. Ella aún dormía.
Encendió su ordenador, y ocupó el sillón que habitualmente ocupaba su compañera de piso. Se había enamorado, lo supo cuando un temblor de la cama le dio el aviso de que ella estaba despertando. Desesperaba por volverá a ver un día más. Esperó con la mirada clavada en la puerta de la habitación, pero nadie la abrió. Ella no dormía ya, ahora lloraba.
Roberto recordó la noche anterior. Le acompañaba ahora Instead. La escasa luz en la cama le impedía ver el humo seseante que desprendía el cuerpo de aquella mujer. Se quedó solo con los besos, con sus manos palmo a palmo reconociendo de nuevo su cuerpo, con el sabor a madera del vino, con las arrugas de las yemas de esos dedos desgastados de amor, con la mejor de las partes del cuento, con la conciencia tranquila de quien sabe que no lo puede hacer mejor.
Ella abrió la puerta, se miraron a los ojos y por segunda vez en el día, él se quemó
Roberto no quiso más palabras, no hacen falta cuando uno se da cuenta, de que en una mañana cualquiera, también pueden romperte el corazón.

miércoles, 19 de enero de 2011

Olor a Tango

Esa mujer me huele a tango,
me sabe a labios, a sábado,
a noche en vela y tacto...

Sus ojos olvidan mirarme
y mi mente olvida el pacto
que mi alma y cuerpo ata.
Lentamente se va acercando
un cuerpo anudado en seda,
una canción del pasado,
unos muslos de cera,
un soñar desvelado.

Paso a paso siento el viento,
pero veo que es ingrato
dejar mi yo suelto.

No hay más vueltas,
ya uno, sabe de perfectas
que sale caro robarle un beso
a esa mujer que huele a tango.

martes, 18 de enero de 2011

Incontestable

Hoy he sacado al escenario de mi cabeza todo el diccionario que acumulo. Buscaba la palabra perfecta para acercarme a ti, para definirte, para guardarte sin tu nombre.
Sin embargo, tengo el norte en intacto desorden, los pensamientos que nunca van firmados por notarios hipotecados, y el jugar por jugar con ganas de juego. Con todo, contigo, empecé el no sé si mal acostumbrado ejercicio, de pensar por pensar, y esto, me hizo darme cuenta de las contrariedades que dejan en el alma dormir más días que noches.
Así, después de ti, después de mí, llegué a la conclusión de que vivir es la primera causa de muerte. Confiar en alguien el primer paso para que se conjugue en cualquiera de sus formas el verbo traicionar. Resistir otra forma de perder, aunque lleve la honra de su pie. No ir hacia delante, la peor forma de ir hacia atrás. Tener valores firmes como estacas es el miedo a no tener voluntad para decidir cuando toque. Mirar al pasado, dejar ciego el futuro. Ser de un solo lado es tontear demasiado con la tontuna, volver sería irse, y marcharse, nunca quedarse en ninguno de los sitios.
Dado que creo, que creerme hasta el punto y la coma mis letras, es rozar en demasía la soberbia, solo puedo derivarte a lo que no lees, a lo que no se cuenta y lo que se piensa sin querer pensar.

Como ves, por cada punto positivo que se pueda ganar, siempre hay un doble filo dispuesto a contrarrestar. Por cada avance, un paso atrás.
Y a estas alturas, de todo este vendaval de diferenciales, te preguntarás de donde me sacaré el as. La fórmula para romper en trizas la regla de la moneda. La frase incontestable.
No hay chistera, es más fácil de lo que piensas. Basta tan solo con mirarte como solo yo te miro y susúrrate como solo yo te murmuro, que…
Cada vez que puedo y no te beso, es un beso que pierdo.

lunes, 17 de enero de 2011

Cosas de un café

Ahora que todos los días saben a diario, tiene melodía de sábado un café con vos. Sabe de perfecto mi desatino que por mucho que me empeñe no atino por costumbre a cuadrar razones con corazón, mal apaño tiene cubrir con engaños la verdad cuando uno se sabe perseguidor de molinos. Quien fuera o fuese lo suficientemente mayor para no creerse su propio escondite y conformarse con que los reyes traigan carbón. Quizá sea ir a contra mundo, más ora que toca crisis, darle más valor a la palabra que al bíceps. Verdad será que ya lo dirá alguna canción, pero no me animo a no soltarle a esta partitura, que nos recorren los malos tiempos para combatir sin pasta los sueños.

Puede que a los quince me hiciese mayor, sin paradas intermedias. No es bueno saber tan pronto, que aunque se mal venda a quilos tiene caducidad el amor. Resulta que a esa edad aún no sabes lo que significa un beso, más si aún no te cala en los huesos una mirada perdida en una estación de tren de quien dice adiós sin saber a quién. Puede que sea mala costumbre heredada el querer llevarse al paladar de lo bueno, lo mejor, y pensar que si hay que jugarse la noche, el alma, un broche del cuerpo o ese último botón, que sea al menos aunque no tenga final feliz con el principio de un cuento.

Casi ninguna respuesta certera acierto para las cuestiones verdaderas de los ojos de los adultos, pero si lo pienso, sé que elijo entre las noticias y el diario, al Pato Lucas. Va de Peter Pan la cosa si te digo que de entre toda la geografía posible voy y me quedo con el País de Nunca Jamás. Te diría mintiendo que no envidio a los niños cuando juegan en la ventana del coche a la imaginación, cuando bajan la mirada y sonríen porque recordaron las sonrosadas mejillas de gruñón, cuando ven a Mickey  de lo que es tan solo un ratón, cuando un poco de plastilina es lo que quieras que sea.

Que le voy a hacer, si de entre todos los países, para vivir, servidor se queda con el de Alicia.

Es ahora, crecido, cuando no sé quien fue el villano que me ha escondido las llaves del paraíso. Es ahora, cuando dudo, me fracturo y no suturo las heridas por suspenso en las sapiencias de las hadas, cuando no juego a adivinar con los amigos el sabor del caramelo, cuando me pierdo entre noches en ruinas…

Es ahora cuando me paro, vuelvo a ser yo, y no sé donde mirar…

viernes, 14 de enero de 2011

La calma

Soy veloz, pero lento cuando el menor indicio de tu voz me insinúa que ha tocado la campana para la pelea de besos. De si tuve fortaleza algún día para negarte un cuerpo a cuerpo me olvido, ahora que somos dos labios juntos, que pierden la aritmética del uno más uno. En el ímpetu que trae consigo la impaciencia la lengua quema, arde, como dicta el poema, buscando en cada reproche de tu verbo un hueco. Lo encuentro, me va la vida en ello, ahora que solo me importa tu boca, tu boca, que muerdo suave, que toco, que sin un solo sonido me dice que de este temporal de locura tan solo es el punto de partida.
Mis manos, aún ya maduras, pierden la cordura buceando en tu falda. Se pierden, y siendo fiables, parecen inseguras cuando agarran tu cintura para acercarte, tan cerca, que ya no puedo tocarte. Trama mi cabeza el siguiente paso, cuando al raso del instinto ni siento las yemas de las manos en tu cabeza. Entonces, ciego de vista, el mundo parece pararse.
Mientras, yo, de nuevo,  aprendo a besarte.  
Noto el temblor de tus piernas, mientras nos deshacemos de la parte superior de nuestras prendas. Somos peonza, y a la vez cuerda. Un sortilegio me embarga ora que son libres tus senos. En mis fauces el latido de tu corazón, quedan los complejos desnudos, comprenderá vos, que a mil latidos por segundo es fácil que uno pierda la razón.
Entro con el cuidado descuidado, tu mirada se dilata, mientras te muerdes la parte inferior del corazón. Tus brazos se convierten en el cinturón que me desata, tus lunares en mí dispararte, el sudor de tu pecho pasa a ser mi hambre y tu ombligo el centro de mi universo. Todo se desbarata, cuando toda tú te conviertes en gemido y yo exhausto quedo en ti.
Y después…
Después la calma.

jueves, 13 de enero de 2011

El cuento del Alma - Capítulo 2

He perdido el alma y olvidado lugares…
De todos los sitios que aún me quedan, no se me ocurre donde empezar a buscarla. Traicioné a quien más me quiso, cuando no había ningún motivo especial para quererme. Defraudé a mis raíces hasta hastiarlas, las mismas, que de niño fueron mi viento y el recodo seguro donde volver si se avistaban precipicios al final del camino. Me llené de quien a la oreja me daba como vencedor, de todos aquellos que en lugar de gastar conmigo las palabras, me las alquilaban. Me atiborré de halagos, y hasta me creí de una tal Sara, que de todos sus sueños, yo era el mejor. Henchido mi orgullo, y saturado hasta el culo de lo que quienes no han tenido, llaman vanidad, escupí en lo más profundo de mi hogar.
He perdido el alma y me he quedado sin andares…
Sin camino, el papel se me hace eterno, no tengo pasos, ni un lugar para ir o volver. Caminar, hoy, es un verbo para el que no tengo primera persona del singular, del nos, ni puedo hablar sin que me tiemble la garganta, del pliego donde escribí mi leyenda solo queda un rollo en el WC.
He perdido el alma y…
De pronto, levanto la mirada de este papel que escribo, sin remedio se me va al mueble bar y esquivando una botella de Talisker de veinte años, me encuentro con una fotografía. No es tan vieja, aunque lo parece. Es Mónica, pero su sonrisa ahora es hierática. Aunque no lo recuerdo, yo pudiera jurar por Dios que en su día supe del sentimiento del que habla su boca. Pero, no puedo, no quiero, no tengo el valor suficiente como para aguantar esos castaños ojos, ni siquiera en lámina.
Es entonces cuando lo sé, delante de mí, donde siempre estuvo es donde se encuentra mi extravío. Es quien sacó la foto, yo mismo, en una casa modesta, en un tiempo donde el rojo de las cuentas se teñía de verde con tan solo una mirada, es allí donde está instalada.
Es entonces cuando me devora por dentro hasta el último átomo de la conciencia, la idea, de que no perdí el alma, sino que la derroché por nada.

miércoles, 12 de enero de 2011

El cuento del Alma - Capítulo 1

Roberto seguía con el folio en blanco. Pese a llevar acumulados frente a este más minutos de los necesarios, no encontraba ningún motivo para escribir. Su editor, un avaricioso hombre de negocios, que nunca leyó un libro completo, le había dado un plazo de una semana para terminar la novela que ni siquiera había podido empezar. Para Santiago, que es como habían decidido llamar sus padres a semejante personaje antes de ser tan solo, proyecto de personaje, los motivos le traían sin cuidado. 
Aquel escritor rozaba la cuarentena de vendimias, de cuerpo excesivamente delgado, parecía gastado por la vida. Sus ojos miel hubieran pasado desapercibidos ante cualquiera, si el marco de los mismos no hubiesen sido unas descomunales ojeras. Se buscara como se buscara, en él, no se podía encontrar la belleza del dramaturgo derrotado, ni había gracia en aquel novelista vencido, ni ningún atisbo del lujo que se supone que da, que a uno le puedan llamar bohemio. Frente a la mesa, mientras se mesaba la barba, lo único que quedaban eran los resto de un cronista que se había quedado sin crónica. Con el bloqueo presionando tan a fondo, no sabía si lo que le faltaban eran las letras o las historias. Había parado su vida hace tiempo. Su primera y única novela fue lo que ahora suelen llamar Bet Sellers. Esto, suele consistir, en un libro que se vende, mucho, y contenta a casi todo el mundo menos a su propio autor. Fue este hecho, el que buscó con tanta desesperación, el que le sucumbió sin remedio en un tornado de mal vivencias excesivamente consecutivas.
El dinero, espejo de la canallesca y cojera de la raza humana, le robó lo único que realmente poseyó alguna vez, su hogar. Se perdió en tantas tallas de faldas que ya ni siquiera podía recordar cuál era la de sus pantalones. Asistió y dio fiestas de lunes a jueves, sin leyes anti-sustancias, sin límites para el balance entre los gastos y las ganancias. Se corrompió de halagos, hasta que llegó a pensar que era más de lo que se puede ser, persona.
Así, mientras ganaba casi al ritmo que gastaba, perdió de su pluma el diccionario. Sin darse cuenta o dándose, ya ni siquiera lo recordaba, en su traición se había quedado sin alma. A un paso del vértigo absoluto, con nadie a quien llamar en la agenda que no pidiera a cambio un pedazo de talonario, sabiéndose perdido y sin nada que salvar de las maletas del último año, paró.
Cerró los ojos. Durante unos segundos, no pensó. Nada, el cero absoluto, el vacío, el idioma sin sonido alguno. A poco, fue abriendo su mente, miró de nuevo aquel folio blanco, relajó sus manos, y de cero, desde su génesis, comenzó a escribir.
“He perdido el alma...”.

martes, 11 de enero de 2011

Papel y conciencia

Hoy, aviso…
Me puede el papel.

Segundo síndrome del escritor, cuando uno no soporta sus propias palabras, nada gusta, y cualquier acierto parece un exceso. Todo parece dar vueltas sobre todo, cierran entonces por vacaciones las quimeras,  de martes llena la mirada que se tira al suelo, mientras a uno le suenan a manidas las mejores frases de los cuentos. Después de cada punto, una duda, y no saber nunca si remolcar esta tira diaria a la pasión o a la conciencia.  
Como ser humano, me juzgo (posiblemente de forma indolente), como virgen en la segunda. De las pocas cosas que uno puede tener limpias pasados los treinta, de seguro, caso propio, integridad es lo que nunca me faltó. Y aún reconociendo que pudiera ser en exceso, motivo de pecado capital, lo reconozco, me siento con orgullo.  
Y no diré que las cuestiones de moralidad sean cosas de errar o no hacerlo, pues yerro, y me equivoco tanto en los pasados como procuro no equivocarme con los  futuros. Es cierto. Como lo es, el hecho de que me jugara la piel por quien solo necesitaba carne para comer. Como pudiera ser, que en el camino, más de una vez me dejará en la cuneta amigos para los que no dispusimos punto equitativo en la razón. Lo es, como la certeza de que ya olvidé cuantas veces se me olvidó por sobra de vergüenza pedir perdón.
Es cierto…
Hoy, como les dije, no tengo derecho a escribirles…
Hoy, me puede el papel y yo, no soy yo.

lunes, 10 de enero de 2011

Invictus

Es cierto, lo reconozco, lo primero que hice fue huir, de los álbumes, de los recuerdos, de los lugares que pisé, de cualquier cosa que pudiera sentarme frente a un espejo que mostrará lo que fui. Luego, también me equivoqué, y quise volver a pisar de nuevo el camino andado, y me rompí porque al recorrer esos pasos nunca encontré la pista que llevaban sus huellas tan lejos de mí. Llegué a culparme de los fracasos ajenos, y lavé tantas veces las manos, como veces la hube tocado. De postre pensé en el abandono, en tirar la toalla, y cometí el mayor de mis errores, pensé que si no era ella, no sería nadie. A sinceras, me mentí hasta perder de vista mi nariz, para que doliera menos.

Pero no hablaré esta noche de mi mala inversión, ni contaré como suspendí económicas en el último trimestre, que no salga de mí ni el cómo, ni él porqué me arruiné comprando todas aquellas preguntas para las que no había inventadas respuestas. No van estas letras de lo que hoy, es sucio pasado. Sin olvidar lo vivido, es al futuro a quién hoy escribo.

Permítame pues su señoría, que esta noche dejé aparcado en el parking del olvido nuestros fantasmas, nuestros pasados, nuestras venganzas. Que esta noche sean mis palabras una nueva forma de desnudar el alma, la esperanza, el sueño. Que vallan las letras sin dedicatoria firmada al pretérito.

Imagina por un momento que no nos han vencido, que seguimos invictos, vírgenes de corazón, que aún hay posibilidades de salir campeón. Cierra los ojos un momento y sueña que tu imaginación es libre de nuevo. Palpa el latido lento, deja que se erice tu piel, pon de nuevo aquella canción que hablaba de primavera, cuenta con los dedos de las manos cuantos besos de verdad te quedan y súmale cien, o mil, o mejor, multiplícalos por un millón.

Ya con el papel en blanco, pintemos de nuevo.

Y pienso, le pese lo que les pese a los pasados de mi mochila, retar de nuevo al alma. Sin armas, pretendo asistir a la lucha, sin trucos y con la cara descubierta. Y descubrir aquellos escondites que desconozco, y jugarme de nuevo el pulso al “puede que me vea”, y volver a contar los meses como días, y conseguir que el mundo vuelva a temerme, porque ya no voy solo, porque vuelvo a aprender a volver a nacer, porque siento, porque lloro, porque pese a todas las trabas he fundado hogar en la isla del tesoro.

Y pienso  moldear mi alma hasta que quepa en puño, que quepa en la boca, que quepa en un beso, que quepa en otros labios, que sangren por primera vez con la rabia que da la razón cuando está de tu lado.

Pienso no morirme, aunque muera en el intento.

Palabra de honor.

jueves, 6 de enero de 2011

El hombre luz


Diría para empezar, sin dejarme atrás lo importante, que tú presencia hizo pluma el yunque al que amarraba mi vida. Aunque dirás que si, demasiados años de lidia contigo a la espalda para dudarlo, no tengo suficientes monedas para pagarte la acepción de saber que aún me sobran las ganas de hacer el humor. Quizá al sur encontremos, como solemos, suelto para ese acuerdo.  
La piel se me torna gallina, los dedos se me pierden en el teclado, la impaciencia por encontrarte la palabra justa me hace sentirme torpe. Una y otra vez, me viene a la cabeza la pregunta sobre el secreto de la palabra amigo, y no entiendo porque por mucho que busqué en el diccionario no viene tu nombre.
De ti me acuerdo cuando oigo el bajo sonar en las canciones. Entonces me cuadra el descuadre del lujo en los detalles, de los barracones en lugar de clases y de lo bien que sienta una hora más de sueño cuando a primera hora toca arte.   
Sabe quien lee, que no es fácil compartir, como comparto contigo, el camino, las acrobacias, las princesas con cartel de no se toca, la piruetas del destino, los toboganes del pasado, la lluvia, el suelo mojado, el Maracaná abierto hasta el alba, los charcos donde pisar lo pisado, la certeza de que con ellas nos equivocamos, los excesos y todas esas trampas que vamos dejando en el suelo listas para que no nos siga la pista el destino.
De Malaga, Malageñito debieras ser, tú, que me descubriste entre otras cosas a Javier, y los verbos delincuentes que solo se aprenden al amanecer, y los tapones de algodón contra los cantos de sirena, y la vida cuando se vive, y la risa, y los viejos molinos, y la copa de vino nunca a medias, y la última, y los lunes como viernes, y la pasión por lo uno que hace, y La Zalema, y el sueño de los sueños…
De museo, de los buenos, debieras ser, tú que me pusiste en el alma el sabor a victoria, cuando yo, ni la recordaba.
Ni mi primo, ni mi enemigo cercano, ni mi granero de esperanza, ni el antídoto de mis ausencias…
Si me fueras algo, serías mi segundo hermano, el hombre luz, aquel que me dio la clave justa para seguir la canción con mi propio pie.
Feliz Cumpleaños, Majete.

La Zalema se va de Viaje

Buenos Días,

El equipo de la Zalema se va de viaje, para empezar el año con fuerzas es preciso hacerse acopio de ilusión...

Pero, el lunes 10 de enero volveremos...

Hasta entonces...
...

lunes, 3 de enero de 2011

7 formas de decir que no. Nº 7

Derrotada mi palabra
me subiste tan arriba
que sin querer darte cuenta
dísteme la poesía.

De traje puesta la noche
y con el alma de guía
me deslumbras tú, sol ladrón
quitándome algo de vida.

Y yo sin con que pagarte,
con innato odio al día,
envuelto en fija caricia,
tengo el motivo de mi huida.