sábado, 11 de diciembre de 2010

Primera Cita

Hace tanto tiempo que mientras juego al ajedrez no topo con damas, que ora, que vos está enfrente, mitad compañera, mitad adversaria, me cuesta encontrar de las palabras, las adecuadas. De antemano te pido excusas, si el lenguaje me lleva a ser lisonjero, y sin haberlas visto más que en la imaginación hablo de ciertas partes de tu cuerpo o tu corazón.
A mis más de treinta aún tengo en el jardín de las cuentas pendientes el verbo pedir, ya de grande me desenvolví siempre mejor dando. Por ello, bordearé ligeramente las gentiles normas y en lugar de pedirte una cita, te hablaré de compartirla. Cuestión de extremas sensibilidades, pese a que es evidente que soy yo quien le pide a vos un rato de su vida.
De los trescientos sesentaicinco días del año, te cambio el tú de la noche del sábado por el nos, tu verbo por mis predicados, cada unos de mis segundos por todos tus minutos, mis latidos por tus pasos, el sueño por la vela, la noche en blanco por todos y cada uno de los colores que aún conservo.
Te propongo para que me aceptes, un intercambio de recuerdos, la risa sin restricciones, las formas antiguas aliñadas con mi nombre, una de las mejores versiones de mí de las que disponga, no perderme en exceso en el misterio de tus caderas, la mente despierta, la jaula de papel albal por si fuera preciso desenjaularse, el orgullo desierto y aceptarte cada palabra que me regales como una zalema.
Te propongo para que te vengas estar a favor de tu piel, un viaje, abrirte de par en par las puertas y esconder la luna hasta que se pierda, te propongo luciérnagas por estrellas, una momento que no olvides, la copa llena y especialmente solo aquellas promesas que de verdad pueda cumplir.
Quizá me sobren letras, al fin y al cabo, lo único que quiero para mi primera cita es pedirte que la compartas  conmigo…
Y al filo del anochecer, y aunque todo el infierno me cierre el paso, pasarte a buscar… 

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